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CINE DURANTE LA DICTADURA, de 1976 a 1983

EL CINE COLABORA | por Santiago García

Durante la dictadura hubo un grupo de artistas que realizaron películas cuya temática e ideología parecían adecuarse demasiado bien a los preceptos del gobierno militar. Varias de ellas se convirtieron, sin anunciarlo, en películas oficialistas, con todo lo que esto significa para la historia de nuestra cinematografía.



Empieza la dictadura

Los años siguientes al golpe de Estado fueron, sin ninguna duda, los peores de toda la historia del cine argentino. Hubo crisis anteriores y posteriores, pero lo que ocurrió en nuestro cine durante esa época supera ampliamente, a todo nivel, cualquier otro período. La producción de películas se redujo en forma drástica a la mitad de lo que se hacía en el anterior esplendor. Hasta cineastas bastante prolíficos como Emilio Vieyra y Enrique Carreras también vieron reducida su producción durante la primera parte de la dictadura. Esto no significa que no hayan respaldado con su cine la ideología de la dictadura, de ninguna manera, es sólo un indicador más de una reducción de toda la producción en su conjunto y de un proceso del que no estuvieron ajenos. Raúl De la Torre declaró: “Jamás se produjo un cine del régimen”. Esto es lo que muchos han querido pensar o creer e intentan transmitir como idea a la hora de celebrar las películas de este período, justamente aquellas que suenan muy parecidas a un cine oficialista. Sin embargo, durante la dictadura había films más o menos complejos o críticos o simplemente desesperanzados que lograban estrenarse. Es que más allá del siniestro plan del gobierno por combatir todas las ideas, quedaron muchas cosas que se les escaparon, ya que como resulta obvio, la sensibilidad artística les había sido negada por completo. Sin embargo, los films que tuvieron problemas fueron innumerables, no solo los dramas, también el cine de terror fue perseguido sistemáticamente. La censura adquirió formas diversas y alcanzó los lugares más variados. Se es-tablecieron, por ejemplo y entre varias reglas, que no era apto para televisión el material que: “desvirtúe la imagen de los guardianes del orden, presentados como cínicos, despiadados o codiciosos, o tratando al crimen de una manera inescrupulosa o frívola”. Obviamente esto llegó al cine, aunque no de forma equitativa. Por ejemplo, la dictadura se molestaba si Armando Bó ridiculizaba a un oficial de policía, pero Palito Ortega se daba el lujo de poner a Carlitos Balá haciendo un cameo como un policía en ridículo sobre el final de Vivir con alegría.


Filmar con alegria

El 3 de abril de 1976, el Capitán de Fragata Jorge Bitleston, interventor del Instituto Nacional de Cinematografía, dijo claramente en un discurso que iba a “ayudar económicamente a todas las películas que exalten valores espirituales, cristianos, morales e históricos o actuales de la nacionalidad o que afirmen los conceptos de familia, del orden, de respeto, de trabajo, de esfuerzo fecundo y responsabilidad social, buscando crear una actitud popular, optimista en el futuro...”. El mejor transmisor de estas palabras fue Ramón Palito Ortega, famoso cantante y estrella cinematográfica, quien durante la dictadura militar realizó toda su filmografía como director, empezando con Dos locos del aire, estrenada el 22 de julio de 1976. Aunque no solo el cine lo conectó con el gobierno. En su libro sobre Palito, el periodista Hernán López Echagüe cuenta que “compone jingles para la dictadura y, en especial, para la marina que conduce el almirante Massera”. También allí se cuenta cómo durante la dictadura y la intervención de Bussi “Palito, graciosamente, se pliega cantando sus baladas en la zona militar”. Dos Locos del aire funciona como un elogio de las instituciones en el poder a partir de la Fuerza Aérea y también, como una defensa de la fe católica - algo muy recurrente en la filmografía de Ortega - y los símbolos patrios. Ver volar - con una canción de Palito sonando de fondo - los mismos aviones desde los cuales durante ese mismo año en que él los filmaba, tiraban gente en el Río de la Plata, no puede ser tolerado ni disculpado bajo ningún concepto. Así como tampoco debería ser olvidado. Brigada en acción comienza con una persecución en montaje paralelo con imágenes de una exhibición de acrobacia por parte de la policía. Corre el año 1977 y el director elige ese plano para iniciar su film, y luego agrega una visita guiada por el museo policial con alguien que nos explica: "Naturalmente los medios para combatir el delito se han modernizado de modo de colocar a nuestra policía entre las mejores del mundo. Durante las veinticuatro horas del día hombres y mujeres trabajan de distintas formas, velando por la tranquilidad de sus semejantes". Sí, la policía de 1977 es a la que se refiere el film. Estos elogios se multiplican alegremente y hay espacio para todas las bajadas de línea posibles. En este sentido, hay varios ejemplos: hay un niño huérfano en el film que declara su deseo de ser policía, o la permanente presencia de exhibiciones acrobáticas y destrezas varias de las diferentes unidades de la policial. El hermano de uno de los protagonistas dice ser estudiante universitario, pero no lo es, es un delincuente común. No hace falta aclarar cuál es la ideología detrás de este absurdo personaje. Pero el punto que resume la auténtica ideología del film está en una canción que es una pieza digna de estudio en sí misma. Uno de los policías de la brigada muere en un enfrentamiento y al recibir Ortega la noticia, se escucha la siguiente canción, a la par que se observa al Falcon que maneja, dirigirse sin rumbo por la ciudad: "Pobre de esa gente que no sabe a dónde va/los que se alejaron de la luz de la verdad/esos que dejaron de creer también en Dios/los que renunciaron a la palabra amor. Pobre de esa gente que olvidó su religión/esos que a la vida no le dan ningún valor/los que confundieron la palabra libertad/los que se quedaron para siempre en soledad”. Esta es la descripción que elige Palito para hablar de la delincuencia en su película. ¿A qué delincuencia se refiere exactamente? En estos films de Ramón Ortega y su productora “Chango” (nacida con la dictadura) hay un elemento que es irrefutable: nada es accidental, ni existe ambigüedad posible, sabían lo que estaban haciendo y por qué. Nada es inocente, como tampoco lo es que hoy muchos lo olviden y traten a Ortega como si esto no se hubiera hecho jamás. O como si nunca hubiera escrito -en lo que varios han reconocido en su momento era una alusión a los cantantes de protesta - “si no te gusta que la gente esté contenta/ si no te gusta ver feliz a los demás/ tirate al río en la parte más profunda y después cuando te hundas si querés podes gritar”. El único film que produjo “Chango” fuera de la dictadura fue Tacos altos (1985) dirigida por Sergio Renán. Aunque sus dos películas más siniestras son las arriba nombradas, el resto de su filmografía no es del todo inocente. Que sean muy malas películas no las absuelve. En Amigos para la aventura (1978) la insistencia por festejar “una nación de paz” de ninguna manera puede ser accidental. Como tampoco lo es que Vivir con alegría (1979) termine con una cita de Juan Pablo II cubriendo toda la pantalla. Este film es el más claro con respecto a los valores católicos, patriarcales y conservadores del director, y en su notable mediocridad igual es el más logrado de su carrera. ¡Qué linda es mi familia! (1980) es el último de sus títulos. Allí, Palito Ortega hace de hijo adoptivo y su padre (Luis Sandrini, obviamente) echa al padre biológico cuando éste viene a reclamarlo. Proviniendo de este cineasta, se puede afirmar con seguridad que las casualidades no existen y que, en consecuencia la lectura de esta escena es definitivamente aterradora.


Papelitos de colores

El Mundial de fútbol apareció de distintas formas en muchos films del año 1978, a veces con una simple mención, otras en puntos clave del argumento. Pero hubo una película que con convicción y seguridad se transformó en la película oficial del evento deportivo. El 24 de mayo de 1979 se estrena La fiesta de todos (1978) dirigida por Sergio Renán, con guión de Hugo Sofovich y Adrián Quiroga (seudónimo de Mario Sábato). Este alevoso panfleto está construido sobre un material previo, filmado por un grupo de brasileros que, frente a la derrota de su equipo, decidió vender las imágenes documentales que habían registrado. A dichas imágenes, algunas de cierta calidad y valor documental, se le agregaron una serie de sketchs de fuerte contenido ideológico y de una pobreza cinematográfica asombrosa. Una seguidilla de momentos vergonzosos en donde impera un punto de vista por demás homofóbico, racista y xenófobo, un verdadero despliegue de contenido ideológico fascista. Y como refuerzo a todo esto aparecen discursos políticos nada inocentes ya sea mediante gags o directamente con gente hablando a cámara. Esta defensa de un evento, tan siniestro por el momento del país en el que se desarrolló, convierten a La fiesta de todos en la película más oficial de la dictadura, dirigida nada menos que por Sergio Renán, quien años antes había ganado prestigio internacional con La tregua y por lo tanto era un realizador con un nombre, una carrera y un compromiso extra con el cine nacional. El film posee un elenco que incluye a una variada y numerosa oferta de estrellas del cine y la televisión. No falta don Luis Sandrini; así como tampoco, Juan Carlos Calabró en su clásico papel de “El Contra”, esta vez, virado astutamente hacia la idea de estar “contra todos”. También brillan en cámara una gran cantidad de periodistas deportivos, desde el oficialista José María Muñoz o Enrique Macaya Márquez, hasta los etiquetados de ser más progresistas como Diego Bonadeo. La calidad de todo el material que no posee el formato de documental es en extremo mediocre, aunque incluso el documental se ve arruinado en algún momento por el fútbol ballet, una de las peores ideas en la historia de las peores ideas, verdaderamente patética; aunque muy por encima de eso, están los discursos, que hoy producen indignación. A continuación se transcriben dos de ellos a modo de muestra. En las primeras escenas del film, que no parecen filmadas por el equipo original del documental, pero que son un institucional de las obras del Mundial, el periodista Roberto Maidana dice: "Esto que estamos viendo y nos emociona hasta las lágrimas es un símbolo que representa nuestras ganas de ser, de hacer, de demostrar que podemos. Porque detrás de estos chicos y más allá de los hombres que con tanto trabajo y capacidad organizaron el mundial estuvieron miles de argentinos anónimos que construyeron estadios, carreteras, aeropuertos y que tendieron comunicaciones desde la Argentina y hacia el resto del mundo. Y todo ello concluido y funcionando mucho antes de la fecha de iniciación del torneo, dando la mejor respuesta a los escépticos del "no llegamos". Para nosotros, los argentinos, la historia importante empieza antes de esta fiesta y termina en esta fiesta. Porque el Mundial para nosotros fue un desafío donde el fútbol no tenía nada que ver. Sí la malevolencia y el escepticismo. Y respondimos con las obras realizadas y con la actitud serena y generosa de un pueblo maduro, de pantalones largos". Segundos antes habíamos visto la fiesta inaugural y a unos orgullosos Videla, Massera y Agosti entrando al palco. En el cierre del film, Félix Luna, el historiador más conocido que tiene nuestro país, finge mirar desde un balcón a la gente festejando - la escena claramente está filmada después, aunque caen papelitos desde arriba - y explica: "Estas multitudes delirantes, limpias, unánimes, es lo más parecido que he visto en mi vida a un pueblo maduro, realizado, vibrando con un sentimiento común, sin que nadie se sienta derrotado o marginado. Y tal vez por primera vez en este país sin que la alegría de algunos signifique la tristeza de otros". No se puede agregar más a semejante testimonio. Renán manifestó posteriormente su arrepentimiento por esta película, pero también dijo que no acepta las lecturas de mala fe que se habían hecho sobre ella. Pero basta una mirada objetiva para descubrir su ideología nefasta y establecer que no puede haber mala fe en sentirse profundamente ofendido por una película de estas características. Muchos historiadores y críticos de cine han “perdonado” este film y tratan de olvidarlo.


Los unos y los otros

En esta época la serie de Los Superagentes realizaron el grueso de su producción, con posibles lecturas políticas, pero sin meterse de lleno en ese conflicto excepto por la simple idea de un grupo fuera de la ley que combate a los “malos”, pero esto no nació con la dictadura. Más complicado es el caso de Emilio Vieyra cuando en 1980 sus dos films, Comandos azules y Comandos azules en acción, representaron una forma de elogios a los comandos del título que luchan “por un mundo de paz”, una vez más, las lecturas no son directas, pero los comandos están encubiertos. El concepto de bandos aparece en muchos films, incluyendo Las muñecas hacen ¡Pum! (1979) de Gerardo Sofovich, donde la organización AMOR combate a otra llamada ODIO. Por supuesto, Enrique Carreras realizó sus aportes con la ayuda de Luis Sandrini. Ambos habían hecho en 1974 la remake de Los chicos crecen, pero en 1977 lograron alcanzar otra marca al hacer una nueva versión del film de 1939 Así es la vida, un título que ya era conservador en aquellos tiempos. Esta nueva película agrega al Regimiento de Patricios y luego, un desfile-exhibición de los Granaderos en la Rural (el film transcurre en 1910) al grito de ¡Viva la patria! por parte de los protagonistas. En 1981 el mismo Enrique Carreras produciría, quisiera creer que por accidente, otro escalofrío en los espectadores cuando en Sucedió en el fantástico circo Tihany, el comisario interpretado por Tincho Zavala dice “están apareciendo los desaparecidos”.


Censura y persecusion

La lista de censurados es muy grande y como consecuencia de ello, todo el cine nacional se apagó. Casi no hubo películas argentinas en los festivales, a excepción de algún título de Enrique Carreras como Las locas (1977) o Patolandia nuclear (1978), otro elogio apasionado al progreso nacional en envase de película infantil. Cuando La nona fue rechazada en Cannes su director, Héctor Olivera, declaró: “Como dijo el Presidente Videla en Roma, iremos a dar la cara por el país”. La película fue exhibida, pero al margen del festival. Muchos artistas y directores se hicieron eco de un orgullo patriótico y apoyaron al cine nacional aun desde lugares decididamente cercanos al gobierno de la dictadura. Mientras muchos se fueron al exilio, otros filmaban y festejaban los tiempos que nos tocaban vivir. Los cineastas Pablo Szir, Enrique Juárez y Raymundo Gleyzer, eran desaparecidos por la dictadura en 1976, el año de Dos locos del aire. Se intentó destruir por completo toda copia de Los traidores, así como también el resto del material del grupo “Cine de la base” y el cine de la resistencia de toda la última década. El esfuerzo y el coraje de algunos valientes hicieron que eso no fuera posible. Hoy, ese material se puede ver, alquilar, y se lo exhibe en las escuelas. Por otro lado, los cineastas y actores que con su cine parecieron apoyar a la dictadura, han sido exonerados por muchos. Palito Ortega es considerado un ídolo en la televisión actual. De la verdadera devastación producida en nuestra cinematografía durante esa nefasta época, todavía nos encontramos pagando las consecuencias. Desde lo estético hasta lo ideológico, nuestro cine logró, poco a poco, conseguir salir de este estancamiento. Las nuevas generaciones consiguen hoy un nivel nuevamente alto, con ideas visuales y un universo complejo y completo. Una de las claves para el crecimiento de nuestro cine está en no olvidar esta época oscura de la historia ni a sus participantes. Al mismo tiempo que se construye algo nuevo, maduro, con memoria, pero con la mirada en el futuro.


El Dossier completo puede encontrarse en Leer Cine Nº 5




 

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