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CORTAZAR Y EL CINE

LA SEDUCCIÓN DEL DETALLE | por Marcela Gamberini

Entrar al universo de Julio Cortázar, sea desde la literatura o desde el cine, resulta una tarea compleja y ambigua. Los mecanismos de su escritura, las estrategias que despliega y pliega, los sorpresivos y errantes aunque metódicos y racionales dispositivos, piden un lector atento, sagaz y avezado.



Varias veces se han adaptado al cine, relatos de Cortázar. En este caso me centraré en la trasposición de Las babas del diablo hecha por Michelángelo Antonioni en Blow up y en Blow out, la adaptación que hace Brian De Palma de mismo relato. De más está decir que los tres relatos son únicos en sus entidades, en sus singularidades y en sus propuestas, sin embargo, creo que existe un eje interesante que los atraviesa y es de qué manera los tres reflexionan sobre los elementos constitutivos, esenciales, que conforman tanto al cine como a la literatura.
Tanto Cortázar como De Palma o Antonioni proponen, con su relato y con sus películas, una interesante reflexión acerca de las imágenes y esto es sorpresivo; se intenta descreer de lo que se ve a simple vista, es necesario fijar la mirada, afinar la percepción para entender de qué se trata el cine o la literatura, o tal vez la propia existencia. No deja de tener relevancia que tres grandes autores reflexionen acerca del poder de las imágenes, de las palabras, de los sonidos, siendo estos materiales esenciales en la constitución del cine y de la literatura. Todo se vuelve ambiguo en el detalle, susceptible de posibles y probables lecturas y de esta manera los materiales se autodefinen. Es necesario descreer a veces de lo que se nos muestra, volvernos activos, volvernos obsesivos para entender que otro punto de vista es posible y a veces hasta necesario. Incluso, hasta se puede pensar que lo cotidiano, aquello que esos personajes, ya sean fotógrafos o sonidistas o tal vez espectadores y lectores, llamamos rutina, plagada de morosidad, de autoconciencia, de deslucimiento, se trastoque en otra cosa. Sólo hace falta fijar el detalle, percibir lo invisible y resignificarlo; desviar la lógica del sentido; verse reflejado en el agua (que es como las imágenes o como los sonidos) como Narciso en aquella vieja estructura mítica, que se reconoce en su identidad y con ella en la propia finitud, en el silencio, en el acallamiento. Narciso no existiría sino existiera su representación, su reflejo en el agua, esa que está delante de él, su propia imagen, que siempre estuvo, que se ve aún más nítida cuando se amplia un detalle, cuando se amplifica un sonido o simplemente cuando uno se acerca y fija la vista.
Tanto el relato de Cortázar, como las películas de De Palma y Antonioni son como grandes imágenes del mundo: un mundo caótico, despersonalizado, urbanizado y rutinario, nada más hay que ver y leer los comienzos de los textos, pero esas imágenes-palabras a la vez nos revelan nuestros propios detalles, nuestras fobias, nuestras obsesiones, nuestros deseos. Sería interesante preguntarse: ¿ a partir de qué ausencias o presencias se tejen esos detalles?, ¿a partir de qué carencias o necesidades se lee el sentido "aparentemente" único de las figuras? Dicen estos personajes, escondidos tras sus autores, que hace falta siempre ir más allá, aunque el más allá no sea más que la muerte y la desolación, porque de eso también se trata la verdad, la propia identidad y la vida.

Los personajes cortazarianos recorren su literatura, se congregan simultáneamente en un acto que tiene algo de heroico y algo de santidad, mucho de verdad y algo de inocencia. Por ejemplo, dice el inolvidable personaje de Morelli en Rayuela, algo así como: "Es necesario presentar las visiones parciales en su aparente inconexión y desorden, dejando al lector la tarea de descubrir los hilos que los unen, porque las intuiciones elementales constituyen quizás una figura secreta, reveladora del universo". El universo cortazariano es el reino del detalle, del fragmento, de la ruina, de los pasajes, de los malentendidos, de las connotaciones. Al revés de lo que usualmente parece, Cortázar es un escritor al que se necesita encontrarlo en los escondrijos, en los recovecos, en los huecos; y es ahí donde su literatura se vuelve más rica, más profunda, más sustancial. La distinción entre fondo y forma se supera en Cortázar, tanto como se supera en Di Palma o en Antonioni. Narradores, cineastas de detalles; el detalle formal hace siempre al fondo y el fondo a su vez constituye y contiene al detalle. Tal vez, apresuradamente, se puede suponer que mucho del cine de Michelángelo Antonioni, y también el de De Palma siguen este parámetro infiriéndose que los tres proponen -seguramente no sean los únicos- una nueva estética donde se produce una fuerte ruptura entre contenido y continente, entre fondo y forma. Aquello que en algún momento parece más relevante -el fondo- se vuelve irrelevante a la hora de fijar la forma. Ese detalle, invisible a simple vista (tema central en el cine y en la literatura, la relación entre lo visible y lo invisible y entre ellos la mirada, que organiza y desorganiza la percepción), puede ser una imagen , como en el caso de Las Babas del Diablo o como en el caso de Blow up; o un sonido como en Blow up; ese detalle que se agiganta obsesivamente por personajes obsesivos que fijan la mirada en lo invisible, en los márgenes, en las fronteras, en lo prohibido. Decía que esos detalles se transforman en otra cosa, se disuelven, se transfiguran; y pasan a ser lo relevante. Sobre todo, devienen en el objeto de deseo de esos personajes que pierden su consistencia y se encaminan hacia la locura, hacia su propia imagen. No es inocente que este recorrido centrípeto que transitan los lleve hacia la percepción de la muerte, hacia el descubrimiento de un asesinato, en definitiva hacia la verdad que deberán callar a riesgo de su propia vida. No es más que el descubrimiento, tras la rígida nominalización de los signos visibles, de las ambigüedades que estos contienen; descubrir sentidos íntimos y profundos, prohibidos y silenciados. Bajo una aparente calma en la superficie donde se esconde y se mueve la vida y el bullicio, pero también se esconde y se mueve la muerte y el silencio. Por algo los tres son excepcionales autores en el sentido más amplio y más particular del término.





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