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AQUILES Y LA TORTUGA, de Takeshi Kitano

LAS PARADOJAS DEL ARTE | por Santiago García

La nueva película de Takeshi Kitano presentada en el BAFICI –un festival que siempre le ha dado un espacio al realizador- es una amarga comedia que reflexiona acerca del arte y el artista. Una película original, melancólica y a la vez ácida sobre la desesperada búsqueda –genuina o no- por crear una obra trascendente.



El realizador y actor Takeshi Kitano es lo que se conoce como un hombre renacentista, alguien capaz de desarrollar con éxito los más variados talentos. Para disfrutar aun más de su último film Aquiles y la tortuga, vale la pena repasar un poco su biografía. Nacido en Tokyo en 1947, Takeshi Kitano tuvo un padre alcohólico de profesión pintor de brocha gorda y una madre muy estricta que hizo todo lo posible para que, a pesar de todos los problemas familiares, el pequeño Takeshi se abriera camino. Los comienzos de Kitano fueron cercanos a la comedia, como artista de variedades. Beat Takeshi -tal es su nombre cuando actúa- parecía destinado a la comedia, su éxito en la televisión, en un programa de concursos, lo llevaba por el camino de la fama, aunque no necesariamente por el del arte. Compuso canciones y se lanzó también a la actuación, pero en cine. Fue a fines de la década de los ochenta cuando surgió la posibilidad de dirigir también un film protagonizado por él. Con Violent Cop nacería el Kitano que -paradójicamente- es más famoso fuera de Japón, aun cuando su cine no es popular. Una década más tarde, ya se había convertido en uno de los directores más originales y valiosos del cine contemporáneo. Kitano no sólo dirige y actúa, también suele hacer el guión y el montaje de muchas de sus películas. A esto hay que sumarle su pasión por la pintura -algo que se puede apreciar en varios de sus films, incluido Aquiles y la tortuga- y una notable habilidad para bailar tap, un detalle que también aprovechó en alguna de sus películas. Este insólito personaje tardó en ser reconocido como artista cinematográfico en su país de origen, donde no podían concebir el gran cambio. Fue recién con Flores de fuego (Hana-Bi, 1997) y su premio en el Festival de Venecia que le llegó el reconocimiento en Japón, al tiempo que se produjo un furor en el resto del mundo. Su cine se dividió, casi desde el comienzo, entre policiales de yakuzas (mafiosos japoneses) o policías, categoría en la que entran Violent Cop, Boiling Point, Sonatine, Flores de fuego, Hermano, todos ellos clásicos del género. Y por otro lado, en una línea mucho menos violenta y con un lirismo y una sensibilidad muy particulares que si bien no estaban ausentes en los otros films, acá toman un protagonismo distinto. De la violencia seca y explosiva -diametralmente opuesta al cine de acción de Hong Kong- a una mirada minimalista completamente personal. En esa línea están Escenas frente al mar, Kids Return, El verano de Kikujiro -que mezcla ambas líneas-, y Dolls. Pero hay una tercera línea que podríamos llamar "comedia nonsense" (no nonsensu, como se dice en Japón) o directamente" pateadas de tablero". Allí figuraba solitariamente Getting Any? hasta que se le sumaron dos films complejos y artísticamente terminales como Takeshis´ y Glory to the Filmmaker. Estas dos películas, realizadas después de Zatoichi -el único éxito completo de Kitano y el único de sus films narrado de manera más o menos clásica- eran una provocación, una reflexión desesperada y angustiante acerca de la crisis de un artista. Como una especie de 8 y ½, de Fellini, pero no tan fácilmente aceptable. Esos dos films incluso desafiaban a los fanáticos del director así como a los críticos y festivales que los respaldaron. En esa crisis Kitano declaraba, dentro de los propios films, muy autoreferentes, que no quería hacer más films violentos. A pesar de lo anárquicos que eran, estos títulos mostraban un coraje absoluto, una capacidad para examinarse a sí mismo digna de los grandes artistas cómicos del cine, con los cuales Kitano tiene mucho que ver. Aquiles y la tortuga tal vez sea el final de una trilogía, y eso se percibe en el hecho de que no sólo es otra reflexión sobre su propio arte, sino que además es una de sus obras maestras. Acá el discurso de Takeshis´ y Glory to the Filmmaker no impide que la película sea lírica, bella y emocionante. Y también se ve, como se muestra al final del film, que hay una luz en el fondo de esta crisis artística de la que Kitano ha dejado una huella como nadie antes en la historia del cine. Aquiles y la tortuga es un film sobre el arte, donde se habla del talento, del trabajo, de los críticos, de los comerciantes de arte, de las escuelas de arte, de los espectadores… Una mirada ambiciosa, muy lúcida, una comedia plagada de desesperación y amargura. Una sátira melancólica acerca del concepto de arte y lo subjetivo de tal apreciación. Como su nombre lo indica, el film se basa en una de las paradojas de Zenon, aquella por la cual Aquiles jamás podría alcanzar a la tortuga, no importa que tanto más rápido sea. Este objetivo inalcanzable es lo que parece perseguir el artista protagonista del film, quien vive ajeno a la realidad y sólo le importa crear su obra. Como el Tim Burton, de Ed Wood, Kitano elige a un personaje de dudoso talento para reflexionar acerca del arte, pero en el camino se carga a todo el arte moderno -el de los artistas plásticos, pero también el de los cineastas, donde el propio Kitano entraría- y dice cosas acerca de dicho arte que desnudan los mecanismos más nefastos de las vanguardias y su destino de discutible trascendencia. Kitano deja al ridículo al mundo del arte, pero lo hace con un tono tan exacto, tan cómico y a la vez tan autoreferente, que genera que, como todo buen comediante, la burla caiga primero sobre sí mismo antes que sobre el resto. La escena del suicidio fallido remite claramente a Más loco que un plumero (Cracking Up, 1983), película dirigida y protagonizada por Jerry Lewis, quien con ese film desesperado se despidió para siempre de la dirección de cine. Kitano toma esa escena y esa mirada de un artista en crisis y comienza el camino de regreso a casa. "El arte es una gran broma" le dice un personaje al pintor protagonista. No por nada, entonces, esta obra artística llamada Aquiles y la tortuga, elige reflexionar sobre el arte con una gran dosis de humor.





 

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