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PONYO Y EL SECRETO DE LA SIRENITA, de Hayao Miyazaki

EL OFICIO DE CINEASTA | por Fernanda Alarcón

La nueva película del veterano realizador japonés Hayao Miyazaki es otro ejemplo perfecto de su maravilloso trabajo de artesano de la animación. Humilde y grande a la vez, cada film de Miyazaki es un reencuentro con el más puro lenguaje del cine.



El comienzo de Ponyo y el secreto de la sirenita es de una simpleza y belleza audiovisual despampanantes. Hayao Miyazaki (Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro, El increíble castillo vagabundo) dispone la entrada a su nueva obra con una secuencia de cuatro minutos sin diálogo, en donde medusas y miles de microorganismos y criaturas acuáticas se deslizan siguiendo los compases de la música. Como ocurría en la vieja Fantasía, de Disney, el más grande de la animación actual abre su película con una sinfonía de colores y movimientos que presentan, nada más y nada menos, que la vieja historia de "La sirenita".
Esta introducción a una nueva versión del cuento clásico de Hans Christian Andersen lo que consigue por sobre todo es pautar un "tempo", preparar el ánimo y la atención del público para ver y escuchar un cuento maravilloso. El trabajo sobre la velocidad pulsada del universo submarino no sólo logra emular la intermitencia real del movimiento bajo el agua, sino que marca una diferencia de ritmo con los hechos que están a punto de desencadenarse. El escape sutil y tierno de la diminuta sirena, sumándose al "baile" de las medusas e inmiscuyéndose en una burbuja como medio de transporte hacia la superficie, es la calma que precede al tsunami, la condensación del conflicto que desatará la aventura de la preciosa Ponyo en la tierra.
Miyazaki trabaja una vez más sobre la conexión fantasía-naturaleza (tomando esta segunda palabra en tanto medio ambiente y carácter esencial "de") y logra reunir estas relaciones en su heroína, una criatura tan insólita como simpática, que es energía pura. Las posibilidades de lo extraordinario, el suspenso ante lo desconocido y la aceptación de las diferencias se encarnan en la mutación de la pececita-sirena-nena. El director se toma el trabajo de construir y presentar su personalidad a partir de pequeños detalles, algunos simples como la reacción a la luz, el cansancio y el hambre, y otros más complejos como el entusiasmo, el orgullo, la compasión y el amor. Queda claro, entonces, que no se trata de una simple transposición animada de un cuento tradicional, sino que lo que cuenta es poder procesar y disfrutar cada imagen, cada pequeño detalle de los escenarios, cada objeto dibujado, cada gesto y pausa de los diálogos. La película se articula sobre el tópico del encuentro de dos mundos, a partir de la amistad que se teje entre Ponyo y un niño llamado Sosuke. La amabilidad del vínculo entre estos personajes es lo que organiza las digresiones dentro de un mundo convulsionado por la preocupación de los dioses-padres del océano y una comunidad que sufre las consecuencias con una gigantesca tormenta marina. El crecimiento y la aventura se reúnen en un solo gesto, mientras la relación de los niños se fortalece jugando con las olas que avanzan sobre autopistas y puentes detrás. Los intersticios fascinantes que se descubren a través de los comportamientos, de las actitudes y pequeños gestos de todas las criaturas en Ponyo y el secreto de la sirenita se expresan sin necesidad de caer en didactismos o moralejas. Las lecturas o interpretaciones de sus miradas y encuentros insólitos (como el de la familia con el bebé o las charlas de las ancianas del geriátrico) se decantan por la pura fuerza dramática de la imagen, la fluidez del trazo, la caracterización de sus seres y la disposición del espacio, o sea del lenguaje del cine.
En el momento en que todas las historias fueron contadas y los grandes estudios salen a la búsqueda de súper efectos especiales o mezclan al cine con el video juego para captar la atención del público, Miyazaki reafirma una vez más el esfuerzo artesanal. El tema y el procedimiento se nivelan, la devoción por crear historias asombrosas se combina con una composición minuciosa de la imagen y la música (la canción final es inolvidable y muy pegadiza), y todo confluye en un mundo pleno de buenas intenciones. Al igual que las olas majestuosas de los grabados más famosos de Hokusai, la obra de Miyazaki refleja la sabiduría y la imaginación inagotable del arte de Asia Oriental. Su universo acuarelable no sólo redimensiona la fantasía y el poder del trabajo manual, sino que hace tambalear con su sencillez toda la ostentación canchera que despliega buena parte del cine contemporáneo.





 

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