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ALIENTO, de Kim Ki-duk

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL | por Santiago García

Coherente con su cine y sus obsesiones, Kim Ki-duk realiza en Aliento uno de sus films más puros y emblemáticos. Una historia de amor y muerte digna del realizador y a la altura de sus mejores films, como La isla, El arco o Samaritan Girl.



La carrera de Kim Ki-duk, cineasta coreano nacido en 1960, comenzó en 1996 y consta, hasta la actualidad, de quince largometrajes, de los cuales Aliento (Breath/Soom, 2007) es el número catorce. Aunque no todas sus películas se parecen entre sí, sus temas, sus motivos visuales y sus obsesiones se mantienen lo suficientemente constantes como para decir que es uno de los realizadores más coherentes y fácilmente identificables del cine actual. En Aliento se repite su universo; se trata, sin duda, de un film muy representativo dentro de su filmografía. Con algunos títulos más experimentales, como Real Fiction (Shilje sanghwang, 2000) o más políticos, como The Coast Guard (Hae anseon, 2002), el director siempre ha sabido crear universos personales con reglas propias, donde la verosimilitud surge de la propia lógica que los relatos proponen. Estos mundos suelen ser claustrofóbicos, cerrados sobre algunos pocos personajes, en donde todo queda reducido a unos vínculos, que muchas veces resultan destructivos. Pero claramente Kim Ki-duk coloca a sus criaturas en estos espacios aislados para intensificar el estudio de sus relaciones y personalidades; ese es el ámbito que elige para diseccionar minuciosamente sus comportamientos. El realizador no tiene miedo de representar situaciones con un reducido perfil psicológico de caracteres para poner en su lugar metáforas o alegorías, que en su mano hábil resultan mucho más satisfactorias de lo que podrían resultar en manos de otros directores. Todo es mérito de su pulso firme, de los grandes climas que logra y de una habilidad para captar la belleza que deslumbra al más indiferente de los espectadores. Esa tensión siempre presente se acentúa por la repetición sistemática del trío. El número tres es clave en su cine, y no sólo está incluido en uno de sus títulos más importantes: Hierro 3 (3-Iron/Bin-jip, 2004), sino que además es el número de personajes que suele elegir para desarrollar sus tramas. El desequilibrio de esta figura triangular es lo que produce el drama en su cine. Esto se repite en Aliento de forma original y en varios niveles al mismo tiempo. Si bien la pareja protagónica es la que forman Yeon, la mujer frustrada (Ji-a Park), y Jang Jin, el condenado a muerte (Chen Chang), alrededor de ellos se construyen otros tríos. La familia de Yeon está conformada por ella y su hija. A su vez, su marido tiene una amante, lo que genera un triángulo, y ella tendrá un vínculo con Jang Jin, lo que producirá otro triángulo. Tres también son los compañeros de celda de él. Pero lo más moderno y curioso del film es que el responsable de la cárcel, quien en definitiva permite y observa el vínculo entre Yeon y Jang Jin, termina conformando un triángulo con la pareja protagónica. Este "director" de la historia de amor, locura y muerte no es otro que el propio Kim Ki-duk, que observa todo a través de su monitor, permitiendo, incluso, que en algún momento el marido de ella observe lo que pasa. Modernidad absoluta, el director dirige la historia de amor dentro de la película. Historia de amor, pero también de muerte, porque los dos protagonistas tienen un fuerte vínculo con la muerte. Tanto es así que el número de presidiario de él es 5796, y la patente del auto de ella es 5795, lo que la coloca antes en la lista de "condenados". Ella añora un momento de la infancia donde estuvo muerta y donde, paradójicamente, pareció más aferrada a la vida que a su matrimonio, lleno de engaños y frustraciones. Él, condenado a muerte, intenta matarse una y otra vez. Cada uno en su cárcel; una, metafórica; otra, literal. Ambos se descubren iguales e intentan absorber hasta el último aliento de vida, que sólo pueden recibir de otro ser en contacto con la muerte. El hogar confortable de Yeon es un espacio cálido, pero lleno de frialdad, y la celda de Jang Jin es un espacio frío al que inútilmente intentan dotar de vida. Los tres compañeros de él parecen consumir toda la vida que les llega desde afuera, como si los cuatro compartieran el mismo vientre, todo lo que entra es dividido entre todos y ninguno puede salir de ese espacio en común. Los encuentros del film, cuatro estaciones que ella le construye a él en un cuarto de visitas, son espacios de ficción, de fantasía, lugares donde lo imposible se hace posible por el encuentro de estos dos seres iguales, y por la autorización del director de la cárcel/director de la película. Pero la pareja, que llega al éxtasis en el cuarto encuentro, está condenada a separarse. La muerte de ella es metafórica, la de él es literal. Luego del último encuentro ella retoma su vida familiar, sigue su camino, mientras él es hundido, definitivamente, en el espacio oscuro de ese vientre que comparte con los demás condenados a muerte.





 

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