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127 HORAS, de Danny Boyle

MOMENTO DE DECISIÓN | por Santiago García

El primer film de Danny Boyle después de Slumdog Millonaire es un film inusual, basado en un hecho real, acerca de un montañista que queda atrapado en una grieta durante una de sus incursiones y debe luchar para sobrevivir con mínimos recursos a la espera de ayuda o de poder librarse. Aunque se sepa el final de la historia, la película es una experiencia intensa, difícil de olvidar.



Que una película esté basada o no en hechos reales es simplemente irrelevante a la hora de evaluarla, porque, en definitiva, es una obra de arte autorizada a tener sus propias reglas y utilizar todas las licencias poéticas que crea necesarias. La vida está llena de historias que merecen ser llevadas a la pantalla, sin duda. El error es considerar que exista algún film que no esté basado en la experiencia humana. Todos los films que vemos, sin ninguna excepción, se basan en aquello que han vivido y sentido los seres humanos. Vivimos en tiempos en los que parecería que –sería demasiado extenso analizar aquí los motivos- los espectadores o los realizadores no poseen una gran capacidad para utilizar la imaginación y entender las metáforas del arte. Así es que las historias basadas en hechos reales sirven entonces para que, sin hacer esfuerzo alguno, todos se pongan de acuerdo en que tienen que creer lo que van a ver y punto. Muchos films utilizan esto para intimidar al espectador, que también muchas veces asume de forma sumisa cualquier cosa simplemente porque está basada en hechos reales. En algunos casos, como en 127 horas o como ocurrió con Apolo XIII, esa suele ser la única manera de que los espectadores crean la historia increíble que les narran. Que ambas estén basadas en libros narrados por sus protagonistas genera, incluso, que no exista suspenso real acerca del final. Lo que intriga es cómo sobrevivieron, no si sobrevivieron.

127 horas cuenta la historia de Aron Ralston Lee (en el film, interpretado de forma sobria y a la vez brillante por James Franco), quien en el año 2003 salió a explorar el Blue John Canyon, en las cercanías de Moab, Utah. En esa expedición en solitario, Lee cayó en una grieta, una piedra se desprendió y le dejó atrapado su antebrazo derecho. La primera lección que Lee tomaría de esta experiencia es que jamás se debe ir a una aventura de este tipo sin avisarle a nadie de su paradero. Lee comprendió, desde el comienzo del accidente, que nadie vendría a rescatarlo porque nadie sabía en dónde podría estar. Todo lo que el film cuenta es absolutamente fiel con respecto a la historia de Lee, por lo que no es necesario avanzar más sobre la trama.

Danny Boyle, el director de Trainspotting y Slumdog Millonaire, tiene distintos registros a la hora de filmar. Pero queda claro que, aunque utilice cámara en mano, imágenes sucias y reniegue de cualquier sobriedad clásica, Boyle es un cineasta recargado, artificial, que habita casi en las antípodas del documental en toda su filmografía. No se lo puede acusar de falta de rigor ni de no buscar una propuesta extrema despojada de cualquier elemento que no sea el único personaje atrapado en la grieta. Desde el comienzo Boyle plantea un juego visual a partir de una premisa: el film es el relato de Lee. Esto le permite incluir sus pensamientos, sueños y delirios. El director justifica su estilo y se concentra en el clímax del film. Entretiene y mantiene al espectador el vilo hasta el momento de la decisión que puede salvar o matar al protagonista de la historia.

Quienes no hayan visto el film y hayan podido llegar hasta acá sin enterarse nada de la historia –cosa difícil, ya que jamás se planteó comercializarla como un film con final sorpresa- pueden dejar de leer esta nota aquí mismo. Está claro que el protagonista ha sobrevivido, ya que la cantidad de información que circula, incluso en la difusión de 127 horas apunta a eso, porque allí reside justamente la grandeza de la historia, en el momento de coraje y locura en el cual el instinto de supervivencia lleva a Lee a tomar la decisión de cortarse el brazo con una navaja sin filo. Amputarse un miembro para salir con vida. La película se lanza hacia ese momento sin pudor alguno. No es una escena sencilla para el espectador, y las personas más sensibles a esta clase de imágenes deben estar advertidos. Pero no mostrar la amputación hubiera sido una traición a Lee y a su historia. Toda la fuerza del film radica en entender lo que él fue capaz de hacer. Y en eso la película consigue su objetivo, trasmite a la perfección la historia del personaje y de lo que tuvo que atravesar. Para eso necesita compartir todos sus pensamientos. En esto sí la película es rigurosa, porque está escrita como un diario íntimo y no a través de la mirada de un narrador objetivo. A pesar de la crudeza del clímax y lo agobiante de toda la historia, Lee es un personaje que provoca admiración y al final de la película la sensación es más luminosa y optimista que en el comienzo. 127 horas es, más allá de todo, una historia con final feliz.





 

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