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PIZZA, BIRRA, FASO, de Adrián Caetano

LA LEY DE LA CALLE | por Santiago García

Hace casi una década se estrenó en nuestro país Pizza, birra, faso, la primera de una serie de películas que realizaron –y realizan– una nueva generación de cineastas, cuyo trabajo renovó gran parte de nuestro cine. Un poco tarde, aunque siempre a tiempo, se acaba de lanzar en DVD.



Otro nuevo cine argentino

Desde la caída de los estudios allá por los 50 hasta esta nueva generación el término “Nuevo cine argentino” se ha repetido infinidad de veces. La poca memoria de los críticos y la claridad de dicho nombre, han permitido que en esta última década se lo reutilizara. En enero de 1998 se estrenó en las pantallas locales Pizza, birra, faso y, para los parámetros que se manejan dentro del cine independiente, se conviertió en un interesante éxito de taquilla. La crítica fue unánime y el film fue justamente apreciado en el público. Sin embargo, luego no pasaría lo mismo con los demás films de esta nueva generación. El misterio de esta aceptación se encuentra en que la renovación que suponía el film no entraba en contradicción –necesariamente– con el hecho de contar una buena historia, pues la contaba. Pizza, birra, faso es el relato de la historia de un grupo de ladrones de poco vuelo, más muertos de hambre que otra cosa, que sobreviven a costa de cometer pequeños robos, algunos de ellos, incluso fallidos, y que sueñan siempre con ir un poco más allá. Como en todo film de ladrones que buscan salvarse con un robo, el robo en cuestión terminará convirtiéndose en la tragedia inevitable de la cual los protagonistas no podrán escapar. Estos trágicos marginales nos recuerdan tanto a la tradición del policial clásico como a los marginados que retrata Leonardo Favio en su cine, así como también a Los olvidados de Luis Buñuel. El romanticismo que los directores encuentran en este universo es uno de los mayores intereses que presenta la película.


Crónicas de la calle

Pizza, birra, faso no representa la primera incursión que el cine argentino hacía en salir la calle, de hecho siempre ha sido muy común que nuestros films tuvieran escenas rodadas en exteriores. La novedad, aquello que marcó su rasgo distintivo está en la autenticidad de los personajes y de las situaciones. En la forma en que transitan por la ciudad, en la manera en cómo hablan y como actúan. Los actores del film son sin duda uno de los elementos más renovadores y aquello que produjo mayor interés. Alejados de la retórica tradicional del cine argentino de las anteriores dos décadas, los actores aquí hablan como personajes de la calle y se ven como personajes de la calle. La película no especula con la corrección política ni posee paternalismo alguno o bajada de línea. Esta forma de encarar los temas también implica algo nuevo para el cine argentino. Podemos afirmar que la escena en que los lúmpenes asaltan al guitarrista sin piernas en la calle Florida es casi una declaración de principios. Y nuevamente sobrevuela, no sólo la marginación de los personajes de Buñuel, sino también sus ideas sobre el mundo. Así como tampoco se emiten juicios de valor respecto de los delincuentes, ni del policía corrupto, ni de la mujer asaltada a quien pese a que tratan bien, termina provocando que los capturen. No hay líneas divisorias entre buenos ni malos en el film, aunque los dos protagonistas tienen claramente escrito su destino de fatalidad en la frente.


Héroes olvidados

A la efectividad narrativa, los nuevos actores y la lucidez ideológica que Pizza, birra, faso posee, hay que agregarle un ingrediente extra: el heroísmo romántico de estos personajes. Hacia el final del film, los cuatro protagonistas que van a robar el boliche muestran su coraje y entrega por los demás en un final con un grado de emotividad pocas veces logrado en el “Nuevo cine argentino”. El más torpe de los cuatro, se enfrenta a golpes con un policía para salvar a sus compañeros, otro muere junto al auto y se despide sólo con una simple mirada. Los personajes de Pablo y el Cordobés huyen, entonces, para llegar a tiempo al puerto, encontrarse con la novia del Cordobés embarazada de éste, y juntos tomar el alíscafo que les garantizaría la libertad. Una vez allí, Pablo se queda resistiendo a la policía detrás de su auto como un cowboy que pone su carreta para resistir un ataque indio. El Cordobés, herido de muerte, le entrega el dinero a su novia y es ella, con su bebé, quien logra escapar –aunque no ha sido cómplice del robo ni sabía lo que pasaba. La cámara ubicada en el alíscafo se aleja mientras vemos cómo la policía advierte la muerte del Cordobés, y por el radio se informa que el otro ladrón también ha muerto. Los únicos sobrevivientes son la joven y su hijo por nacer, los únicos con un futuro posible. Esta condición de únicos sobrevivientes no era ignorada por los protagonistas, y por ello se van sacrificando de a poco, para conseguir que los otros se salven. La generosidad de estos marginales y su tragedia es la prueba más fuerte de que un nuevo cine estaba naciendo en nuestro país. Un cine que tomaba lo mejor del cine clásico y lo mejor del cine moderno.




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