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TITANIC 3D, de James Cameron

UN INSTANTE DE GRANDEZA | por Santiago García

El regreso del clásico dirigido por James Cameron muestra que aquel gran film ganador de 11 premios Oscar es también una obra cumbre de la historia del cine.



Pasaron cien años desde el hundimiento del Titanic y quince desde el estreno de la película Titanic. Ya es hora de calificar a la película de clásico. Siempre lo fue, pero ahora no queda ninguna duda. Pero bien, la pregunta es: ¿Qué es un clásico? Muchos responderán que un clásico es un film muy popular, otros que es una obra maestra, finalmente, algunos dirán que se trata de una de esas películas a la que cada vez que uno vuelve a ver parece encontrarle cosas nuevas. Titanic es todo eso. Su popularidad es indiscutible, sus once premios Oscars avalan su prestigio dentro de la industria y la crítica la ha calificado muchas veces de obra maestra. También es una película que mucha gente desprecia, lo cual a esta altura es incomprensible. Este regreso a la pantalla grande en 3D confirma todas y cada una de sus virtudes pero, sorpresivamente o no tanto, parece haber borrado todo aquello que parecía hacerla imperfecta. Todos los personajes brillan, la historia es atrapante y toda su fuerza parece haber crecido con el correr de los años. Pero además de esto, su ambicioso retrato social no sólo no ha perdido actualidad, sino que se ha vuelto trascendente. La película no describe solamente la vida en un barco, sino que muestra la conducta humana y la sociedad más allá de cualquier tiempo y lugar. James Cameron encontró en el hundimiento del Titanic una metáfora sobre la humanidad. En Titanic está todo. La grandeza y la miseria, el sacrificio, el egoísmo, la solidaridad, el desprecio, el amor, la valentía y la cobardía. Está la omnipotencia del ser humano que jamás oye las señales de alarma, que cree siempre que podrá imponerse por encima de todo. Están también quienes al desoír las señales, sólo se perjudican a sí mismos y están los que en ese acto deciden cargar sobre sus hombros el destino de multitudes. Titanic narra una tragedia del año 1912, donde una serie de variables, incluidas muchas relacionadas con la omnipotencia y la irresponsabilidad, produjeron miles de muertos. Pero es muy fuerte observar la cantidad de veces que la tragedia azotó al ser humano por motivos que son de su propia responsabilidad. Y es tan evidente esto que al ver la película hoy nuevamente, el recuerdo o la contemporaneidad de otras tragedias se asoma en cada una de las escenas. Eso hace evidente que estamos frente a una película inmortal, capaz de observar con lucidez una constante humana que no perderá jamás vigencia. Eso es Titanic, la humanidad en su conjunto.

Y la película tiene también una protagonista femenina, una heroína 100% cameroniana, interpretada de forma magistral por Kate Winslet. 1912 era un buen año para un personaje como el de Rose. En las puertas del feminismo y las sufragistas, ella descubre, en este barco, la libertad, el coraje y la lealtad. Rose vive libremente el amor y el sexo, y se convierte en dueña de su propio destino. A punto de tirarse por la popa del barco, al conocer a Jack recibirá con los ojos abiertos el esplendor de la vida en la proa del transatlántico. Rose es una heroína cuya libertad termina siendo absoluta. Renuncia a los condicionamientos, se aleja de una clase social hipócrita y luego observamos que ha vivido intensamente, rompiendo todas las barreras impuestas a la mujer. Su gesto gigante final es devolver su corazón al océano. “El corazón del océano” es un diamante millonario que ella arroja a las profundidades no sólo marinas, sino del ser humano. En el lugar donde tantos murieron, ella descubrió la vida. Y por eso su lealtad es absoluta e incondicional, no sólo a su amor, también a las ideas de libertad que en él encontró .

Las clases sociales –que la propia realidad del Titanic terminó exponiendo- son otro espacio rico para las metáforas en el film de James Cameron. Esta historia de Romeo y Julieta no es como la de la obra de Shakespeare. No hay dos grupos equivocados y cegados por el odio. En Titanic hay una clase oprimida y punto. Aunque en esa tercera clase tan fordiana, en esa comunidad de condenados -porque su condición social no les va a permitir acceder a los botes salvavidas- está también la vitalidad, el erotismo, la solidaridad. La ambición económica desmedida y la omnipotencia le han dado a ellos un futuro incierto. Sólo el 25% de los pasajeros de tercera clase sobrevivieron, contra un 60% de pasajeros de primera. La tragedia se multiplicó de manera cinematográfica en cientos de pequeñas historias y la gran documentación que se conserva permitió reconstruir gran parte de lo ocurrido. Realmente la clase menos privilegiada fue desplazada y postergada, realmente la locura del prestigio llevó al desastre. Y en la ficción el guión de Titanic deja una reflexión –en boca de Rose- entre tantas otras que vale la pena transcribir: “1500 personas quedaron en el agua cuando el Titanic se hundió bajo nosotros. Había veinte botes flotando cerca, solo uno volvió. Uno. Seis personas fueron salvadas del agua, incluida yo. Seis, de 1500. Al final, las 700 personas que se fueron en los botes no tuvieron otra cosa que hacer más que esperar… esperar a morir, esperar a vivir, esperar por una absolución que nunca llegaría…”. A Cameron no se les escapó ninguna de las vivencias humanas, incluyendo la culpa de los sobrevivientes. Como tampoco le fue ajena la responsabilidad de aquellos que se dieron cuenta de que no merecían vivir si uno sólo de los pasajeros del barco moría. Pero es importante repetirlo, esta no es sólo la historia de una tragedia en un barco que realmente existió, esta es la condición humana misma.

Esto es cine de verdad, no un pequeño ensayo intelectual perdido en su laberinto. Por ello es que cuenta con una narración de una exquisitez absoluta. El director relata una historia enorme por donde se la mire, trabaja toda clase de variables, pasa por el humor, la pasión, el melodrama, la aventura, la catástrofe en su estado más puro y a la vez por el universo interior de los personajes. Cameron nos permite ver en los rostros de sus personajes un universo completo de ideas. Por eso Cameron es un verdadero genio del cine. Y su compromiso incluye este regreso en 3D que es apabullante. Si la película en sí misma era ya una experiencia abrumadora, el minucioso y brillante pasaje al 3D ha sido hecho a conciencia, generando uno de los mejores 3D hasta la fecha. James Cameron se muestra aquí como un narrador inteligente y talentoso, incluso en la manera en la que usa el formato. Titanic es por derecho propio un clásico de la historia del cine. La manera en la que conjuga arte con entretenimiento, espectacularidad con intimidad, las escenas memorables que nos regala para siempre, emocionan a cualquiera que entienda algo de cine. Un paladar entrenado deberá captar con facilidad los cientos de detalles de perfección que la película tiene. La película es tan grande como lo que cuenta, realmente lo es. Titanic nos hace sentir, al menos por un instante, que estamos en contacto con la grandeza. La grandeza del mundo, pero también la grandeza del cine.





 

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