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EL CUERPO EN QUE NACI, de Guadalupe Nettel

MARCAS DE NACIMIENTO | por Daniela Vilaboa

El cuerpo en que nací es una maravillosa novela con un universo particular y sensible, que confirma la habilidad narrativa de Guadalupe Nettel para llevar al lector de principio a fin de la historia casi sin respiro.



“Quizás en eso radique la verdadera conservación de la especie, en perpetuar hasta la última generación de humanos las neurosis de nuestros antepasados, las heridas que nos vamos heredando como una segunda carga genética”. Ya desde las primeras páginas, Guadalupe Nettel nos da las pistas para comprender las motivaciones y las derivaciones necesarias de su escritura. Algo de la herencia, de eso que recibimos por imposición y de lo cual cuesta desprendernos se pone en juego en El cuerpo en que nací, segunda novela de esta escritora mejicana finalista del Premio Herralde por su novela anterior El huésped.

Lejos de un simple ejercicio catártico, Nettel nos introduce, de la mano de la primera persona y en un registro de discurso de sesión psicoanalítica, en la vida de una niña, cuyo defecto de nacimiento en un ojo se convierte en rasgo distintivo y foco de atención –paradójicamente- de aquello que se desvía de su mirada. Ambientada en los años setenta, en el sitio intermedio entre dos países (Méjico y Francia), en ese lugar difícil de nombrar que es el territorio del que emigra, el personaje se mece en el adentro y el afuera. Y ese movimiento constante de entrar y salir, de ser y no ser, de pertenecer o convertirse en outsider es lo que determina su identidad, lo que talla su cuerpo, lo que moldea su carácter, lo que signa su escritura.

Lo más curioso de este juego dialéctico radica quizás en que no es la propia niña afectada por la marca de nacimiento quien lucha por “normalizar” su apariencia, sino que es su madre la que intenta por todos los medios corregir el desvío natural de las cosas sometiendo a su hija a distintos tipos de terapias correctivas. Doble trabajo entonces para el personaje que debe lidiar durante gran parte de su vida con la aceptación de su singularidad a partir de la no aceptación de su madre y de la inexplicable y repentina ausencia paterna.

Con un tono intimista, una prosa minuciosa y ligera, la historia de Nettel –que no es más que la historia de Nettel- se desliza con placer y sin prisa hasta el final, hasta ese punto de la narración, que como una mancha que no se termina de borrar del cuerpo porque se mimetiza cuando se la acepta, en que el personaje puede mirar el universo a su alrededor, reconocerlo «sin orientación ni tutorías», ponerlo en cuestión y finalmente encontrarse con la única y desoladora certeza de que hay que aprender a vivir sin ellas.



El cuerpo en que nací
Guadalupe Nettel
Editorial Anagrama
2011






 

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