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A MILLION WAYS TO DIE IN THE WEST, de Seth MacFarlane

CON EL WESTERN NO, MACFARLANE | por Santiago García

Traspié absoluto del creador de Family Guy y director de Ted. Una combinación de desprecio por el western y el cine que ni siquiera es fiel a sus propias ideas. Ni para verla en cable.



El western es el género norteamericano por excelencia, en más de cien años ha sabido dar más obras maestras que cualquier otro género y construir una mitología cinematográfica capaz de incluso ponerse en duda a sí misma. Maestros como John Ford, Howard Hawks, Anthony Mann, Budd Boetticher, Don Siegel, Sam Peckinpah y Clint Eastwood, entre muchos otros, han encontrado en el Oeste una de las pocas épicas posibles en el siglo XX, esto último según nada menos que Jorge Luis Borges. Pero de tanto en tanto llega un objeto anómalo como A Million Ways to Die in the West, de Seth MacFarlane (el creador de Family Guy y Ted). No hablamos de una rareza, ni de una nueva mirada, ni siquiera de una ingeniosa parodia, hablamos de un film que toma el western sin justificación alguna, con el único objetivo de atacarlo e insultarlo de punta a punta. Pero si aceptáramos por un instante la mirada bruta e ignorante del director, si creyéramos que esta ignorancia no es síntoma de un director mediocre, aun así la película es terriblemente mala. El humor está fuera de timing, los gags están ejecutados de manera tal que no pueden interesar, muchas escenas no conducen a nada y ni siquiera ayudan a expresar alguna idea o mirada por parte del realizador. No falta una dosis de humor escatológico de grueso calibre y humor políticamente incorrecto que de todas maneras se contradice a sí mismo porque el director tiene también su agenda política muy clara. Una series de sorpresas que no anticiparemos acá y una escena al final de los títulos no logran salvar a este pseudo film de un naufragio catastrófico. Incluso aquellos que hacen un genuino esfuerzo por actuar bien, como Neil Patrick Harris, sucumben frente a los caprichos de un director que se enreda en sus propios lugares comunes. Incluso toda su carga de cinismo y revisionismo se borra con la historia romántica, tan mediocre y edulcorada como las más estándar de las películas. El que haya tantos planos del Monument Valley no deja de ser la peor manera de recordarnos que allí, años atrás, el más grande directores de todos los tiempos, John Ford, dirigió varias de sus obras maestras. Pero A Million Ways to Die in the West no es digna de comparación. Ni siquiera está a la altura del cálido homenaje paródico que hizo Mel Brooks en la década del 70. Seth MacFarlane llegó tarde a todo y no aportó nada. Una invitación a no ver esta película que de punta a punta y hasta el cameo final, es un verdadero elogio de la ignorancia cinematográfica. Una vergüenza.





 

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