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TE ESPERARÉ, de Alberto Lecchi

MÁS RELATO | por Santiago García

La nueva película de Alberto Lecchi retoma el ya gastado tema de la dictadura y los desaparecidos, insistiendo en una mirada siempre incompleta e idealizada de los movimientos armados previos al Proceso.



Sin duda alguna Te esperaré encaja perfectamente como otro ejemplo del cine político de propaganda que desde hace ya más de una década convierte al cine argentino es un bloque obsecuente con la política estatal llevada adelante por el kirchnerismo. A juzgar por lo que pasa en la realidad argentina, es completamente disparado que la inmensa mayoría, casi la totalidad, de los films nacionales se dediquen a expresar sistemáticamente las mismas ideas, algunas heredadas directamente de la década del setenta y otra revisadas por el tamiz ideológico del período 2003-2015. No hay otra cinematografía realizada en gobiernos democráticos que sea tan carente de crítica al presente y que idealice de forma sistemática y sin matiz alguno lo ocurrido en el pasado. No es lo que pasa en la sociedad, no es lo que se vive en Argentina. Pero los cineastas militantes se encargan de reproducir ese discurso sin importarles en lo más mínimo si sus películas son un éxito un fracaso, el negocio para ellos ya está hecho. Cada película, cada obra de arte, tiene derecho a mirar y mostrar el mundo como quiera, es la suma de los más de mil films realizados desde el 2003 hasta la fecha lo que da un promedio de bloque propagandístico infame. Las excepciones, que las hay, son muy pocas. Pero Te esperaré tiene algunos elementos diferentes, conceptos estéticos más cercanos al peor cine argentino anterior a los noventa, con diálogos impostados, actuaciones solemnes, bajadas de línea demasiado obvias. En ese aspecto tiene lo peor del pasado y lo peor del presente. La combinación no podría ser peor. El realizador Alberto Lecchi, interesado desde su ópera prima por los policiales, busca darle potencia narrativa por ese lado, pero es poco lo que puede producir allí. Otra vez aparece la dictadura militar, otra vez los desaparecidos, otra vez una mirada de cartón sobre la lucha armada. Nunca una crítica, un pequeño esbozo de autocrítica aunque sea, del accionar de las organizaciones armadas o del gobierno previo a la dictadura militar. ¿Para qué sirve tratar estos temas si no se los va a tocar de forma adulta y compleja o con un mínimo de honestidad intelectual? Acá el protagonista es hijo de un hombre que luchó en la Guerra Civil española, estuvo a favor de la revolución cubana y terminó siendo desaparecido al asociarse con los grupos militantes de los setenta en Argentina. Este héroe absoluto y sin matices es ayudado por un guión que mete en la misma bolsa tres situaciones y países diferentes. Hasta se da el lujo de decir que si le hubieran dados las fechas habría participado de la revolución bolchevique. Este hijo parece renegar de su padre, con quien tiene cuentas pendientes que se reavivaron al haberse encontrado sus restos. Al mismo tiempo, un escritor español que ha creado un personaje de ficción basado en este revolucionario, se encuentra con el hijo y se enfrentan con respecto a cómo ha sido retratado en los libros. El broche de oro es el nieto, que es quien lleva la voz cantante de la revolución, bajándole línea a su padre acerca de la importancia de los revolucionarios. Para ser una película tan chupamedia de la ideología reinante en el cine argentino, revolución es una palabra que le queda muy grande. Pero esa es una característica del mal cine, decir cosas que no suenan verdaderas, que no respiran credibilidad alguna. Tal vez sea demasiado hacer un análisis minucioso de una película simplemente torpe. Tal vez vincular los casos que mezcla el film con hechos de nuestra realidad sería pedirle demasiado a un guión que termina cerrando de forma ridícula. Un esfuerzo excesivo para esta película. Incluso las mujeres, adornos sin fuerza, personajes aun más chatos, parecen sacadas de un cine argentino viejo, rancio, ya abandonado hace muchos años. En cuanto a los temas abiertos y las discusiones que todo país tiene sobre sus temas más dolorosos, Argentina las podrá ir cerrando cuando desde uno de los sectores se dejen de discutir hechos concretos y se discutan ideas. Los hechos son indiscutibles, no importa cuando haya durado el relato y cuantas películas se hagan para reforzarlo. Te esperaré es, antes que cualquier otra cosa, una mala película, no solo una película más en la larga fila de films de propaganda que aun hoy debemos soportar.





 

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