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STAR WARS: LOS ÚLTIMOS JEDI, de Rian Johnson

LA BUENA EDUCACIÓN | por Santiago García

Episodio VIII de la saga más famosa de la historia del cine. Con una estética renovada y nuevos personajes, esta nueva película de Star Wars es fiel a las ideas y de los films creados por George Lucas.



La guerra de las galaxias es una saga que comenzó hace cuarenta años cuando se estrenó en las salas de todo el mundo bajo el título simple de Star Wars. La historia del cine cambió para siempre y desde entonces cinéfilos, críticos, historiadores y toda la academia se dedicó a tratar de explicar el fenómeno en la mayoría de los casos despreciándolo o subestimándolo. Muchos se animaron a decir que destruyó al cine de autor y al Hollywood personal y con ambiciones menos comerciales. Cuarenta años, repito, desde aquel estreno.

Como es costumbre, pocos de los que se dedicaron a hablar de película prestaron atención a como marcó la vidas de cientos de miles de espectadores por todo el mundo. La guerra de las galaxias, han dicho muchos, nos arruinó como espectadores de cine. Yo, que también soy crítico, quisiera decir algo: A mí me salvó la vida. La guerra de las galaxias, como los westerns, como las novelas de aventura y como el cine de Spielberg, se convirtió en mi formación. Yo fui educado en ese mundo de héroes y cuarenta años más tarde siento que ha sido una educación extraordinaria.

Episodio VIII: Los últimos Jedi es otra paso más para confirmar que estamos frente a una mitología que se va a sostener a lo largos de las décadas como lo hacen todas: mutando, evolucionando, pero siempre manteniendo sus lecciones elementales. Es el mismo cuento, la misma historia, el relato antes de irnos a dormir, el relato para soñar y para formarnos como personas. Todos somos Skywalker, todos tenemos algo de Han Solo, pero también habita en nosotros Darth Vader. Todos son Rey y Dameron, y también Kylo Ren. No hay otra saga cinematográfica que expresara con mayor complejidad como existe el bien y existe el mal, y que no hay grises, el gris es nuestra constante tentación hacia el lado oscuro, nuestro ferviente deseo de mantenernos en lado luminoso de la fuerza.

Yo nunca soñé con ser malo, los niños siempre quieren ser el bueno. ¡Mentira que los villanos son los mejores personajes! Los mejores personajes son los buenos que luchan por no ser villanos y los villanos que desean ser buenos. Claro, lo mejor es el drama, la duda, el esfuerzo por hacer lo correcto. La guerra de las galaxias lo entendió desde el vamos. Con sus personajes atorrantes que finalmente se unen a la lucha, con los malos que buscan redención, pero también con el héroe impecable siempre provocado para caer en la tentación. Las hasta ahora ocho películas de Star Wars –nueve si contamos Rogue One- no pierden nunca ese camino y la nueva, aunque aporta grandes novedades, no decepciona en ese aspecto.

Siguiendo con la lógica de la saga original, Los últimos Jedi debe, naturalmente, abrirse hacia eventos más oscuros y una situación más desgraciada para los héroes. Aunque ya La fuerza despierta nos había emocionado profundamente, esta nueva película lo hace aun más. Esta vez Luke Skywalker tiene un rol central y Rey debe, como a su vez lo había hecho él, intentar que le enseñe los caminos de la fuerza. Los héroes están intactos en Episodio VIII, pero la película está atravesada por la oscuridad, incluso en el sentido del humor de la película.

El director y guionista (aunque asesorado al menos por Carrie Fisher en el guión) Rian Johnson es el primero de los realizadores de la saga que imprime cambios estéticos visibles. Un montaje alterno mucho más veloz, con escenas más cortas, mayor número de planos detalle y transiciones más abruptas hacen que sea bastante diferente la película a pesar de poseer muchos elementos en común. Gana con eso en originalidad aunque sea algo raro para los seguidores más fieles de la saga. La oscuridad de los personajes se ve compensada por un progresivo acercamiento al heroísmo y la emoción. En ese aspecto, las escenas de Carrie Fisher y la dedicatoria al final agregan significados que no están del todo en la trama, aunque sus diálogos con Luke son genuinamente emocionantes. No es porque uno sepa que ella murió al finalizar el rodaje, sino porque la película capta algo más. Ese algo más es el paso del tiempo, algo que cobra inesperada fuerza para los fanáticos de estas películas, que desde muy chicos hasta una vida adulta fueron acompañando a los films.

En ese aspecto, queda en claro desde el guión que la vieja generación de actores y personajes con las que nos criamos y nos formamos, empieza a retirarse, dejando paso a los más jóvenes. Ya son leyenda, y como tales vivirán más allá de sus actos. En la película se insiste sobre esto. Ese niño del plano final, uno de los mejores de toda la saga, simboliza el poder que tiene Star Wars para muchas personas en el mundo. Ese niño que sueña con sus héroes y con vivir bajo una fuerte moral heroica. La fuerza, religiosa o no, habita en todos y cada uno de nosotros. Desde hace cuarenta años la saga creada por George Lucas se ha convertido en el vehículo de nuestros sueños, nuestras aspiraciones y nuestra esperanza. Cada nueva entrega de Star Wars renueva esa esperanza.





 

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