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QUIZÁS HOY, de Sergio Corach

ANTES DE HORA | por Santiago García

Gran comedia agridulce llena de ideas y hallazgos. Inusual combinación de ligereza y profundidad que rehuye de cualquier solemnidad o discurso pontificador.



En una Buenos Aires filmada en blanco y negro se desarrollan las aventuras de nuestro protagonista. Quizás hoy cuenta la historia de Miguel, un joven empleado gris de un estudio jurídico. A priori este es el contexto más obvio para realizar una película independiente de manual, aferrada a los códigos narrativos y estéticos propios del cine argentino del Siglo XXI. Pero los delirantes títulos del comienzo anuncian una película muchísimo más elaborada y compleja que sus compañeras de generación. Las desventuras de Miguel son un despliegue de sensibilidad de otros tiempos. Con la excusa de escribir en un diario todo lo que le pasa, nuestro héroe lleva una bitácora de sus angustias, deseos y elucubraciones sobre el mundo. Con un tono de auténtica comedia, el protagonista deambula por toda la ciudad en su bicicleta, mientras escuchamos todo lo que piensa del mundo. El género de diario íntimo le sirve a la película para mezclar reflexiones profundas con rimas absurdas y escatológicas. Por una vez el cine argentino pone en su protagonista pensamientos caóticos, contradictorios y erráticos, como suelen aparecen los pensamientos cuando se trata de mostrar a una persona y no a un cineasta bajando línea.

Pero el humor disparatado y muy efectivo no está reñido con una mirada lúcida acerca de la condición humana. Con los códigos simples y a la vez complejos de cineastas como Ozu y Bresson, la película mezcla diálogos banales con pensamientos profundos, sin tener un solo instante de solemnidad. Lúcida y ligera, brillante como pocas, Quizás hoy entretiene contando sin estridencia la tragedia de la pequeñez humana. Un ramillete de frustraciones se combina con el impulso vital que arrastra a Miguel a intentar cosas nuevas, algunas absurdas, otras de un romanticismo casi marciano en el contexto en el cual ocurren los hechos. Como una versión diurna de Después de hora de Scorsese, Miguel se deja arrastrar por eventos casuales que van sumergiéndolo en una aventura impensable al comienzo de su jornada.

Quizás hoy debe ser la película argentina con el mayor número de escenas en exteriores de la ciudad. Con su bicicleta digna de Jacques Tati, el protagonista recorre docenas de lugares de Buenos Aires, aprovechando la ciudad como pocas veces se ha visto. También el punteo repetitivo de los directores ya mencionados se hace presente acá con el atado de la bicicleta, acto que ocurre una cantidad de veces asombrosa. También resulta angustiante esa repetición, como lo es también gran parte de la historia y como lo es la vida, después de todo. Pero más allá de los dilemas existenciales e intestinales del protagonista, hay en él y toda la película una alegría que se ve en sus muchas capas, en su humor, en su evocación constante a otras obras y pensamientos. Hay escenas memorables que figuran entre lo mejor que se ha visto este año, así como también una apuesta a no ser jamás grave. Kafka, Welles, Dante y Chuck Jones conviven con muchos otros en esta comedia existencialista que brilla por su libertad y falta de solemnidad. Características poco comunes en el cine argentino.





 

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