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LA MALDICION DE LA FLOR DORADA, de Zhang Yimou

TRONO DE SANGRE | por Santiago García

Con La maldición de la flor dorada, el director chino Zhang Yimou cierra su trilogía iniciada con Héroe y continuada con La casa de las dagas voladoras. Nuevamente nos sumerge en el espectacular e imaginativo mundo del cine “wuxia pian”, un género de origen oriental que, luego de años de permanecer escondido en los márgenes de la exhibición occidental, consigue con estos films y con El tigre y el dragón un prestigio largamente postergado.



Historias de capa y espada, artes marciales, caballería, melodramas intensos en un mundo ideal alejado de todo rastro de realismo. Los films del género “wuxia pian” han conformado a lo largos de los años uno de los géneros más importantes y prolíficos dentro del cine de China, Taiwán y Hong Kong. Si bien su origen estuvo en los dos últimos, pronto logró extenderse por todo Oriente. Para los espectadores occidentales estas historias, durante mucho tiempo, nos han sido ajenas, pues permanecían marginadas y fuera del circuito comercial, a excepción de algunas versiones que a veces circulaban dobladas al inglés o al español y, en muchos casos, en copias de muy baja calidad. En ese sentido, hay que reconocer que la falta de información sobre el género producía –y produce aun– rechazo por parte de una importante cantidad de público. El gran quiebre de estas barreras se produce recién en el año 2000, con El tigre y el dragón, de Ang Lee. Esta producción de Taiwán (también de China, Hong Kong y Estados Unidos) batió todos los récords de taquilla para el género en Occidente y sumó diez nominaciones al Oscar, de las cuales finalmente ganó cuatro premios. Esta superproducción generó, por un lado, un público confundido por la novedad, y por el otro, una gran cantidad de seguidores que aceptaron el género aun siendo la primera vez que veían un film “wuxia”. Sin embargo, los expertos pusieron límites a este fenómeno al sostener que era una versión preparada para conmover a Occidente y entrar en su mercado. La cierto es que si eso fue así, bien logrado estuvo. De todos modos, Ang Lee no se hizo dueño del género, sino que pasó a integrarse a la industria del cine norteamericano. Entonces, otro director vio el espacio para vender el “wuxia” a Occidente.


Todos los colores del mundo

Zhang Yimou, el director de La maldición de la flor dorada, nació en 1951, en Xi'an, una ciudad famosa porque allí se encontraron, en 1974, los guerreros de terracota que acompañaban al mausoleo del emperador Qin Shi Huang. Yimou estudió cine en Beijing y es el miembro más destacado de la llamada “Quinta generación” del cine chino, un grupo conformado por los cineastas surgidos después de la Revolución cultural. Al finalizar los estudios que había abandonado durante dicha revolución, entró en el mundo del cine como director de fotografía. Su debut en la dirección llegó con Sorgo rojo (1987), film premiado internacionalmente. A éste le siguieron otros éxitos de prestigio y crítica que hicieron que su nombre recorriera el mundo. Jo Dou (1990) fue el primer film de China nominado al Oscar a Mejor película extranjera. Su siguiente película, Esposas y concubinas (1991), también fue nominada al mismo premio, pero por Hong Kong. Yimou siempre negó ser un cineasta político, pero sus films fueron leídos desde esta óptica, lo cual le generó más de un problema de censura en su país natal. Sus películas, de gran repercusión internacional fueron perdiendo espacios en las pantallas con el correr de los años y la figura de Yimou comenzó a quedar en un segundo plano luego del furor inicial. Pero frente al éxito de El tigre y el dragón, el realizador descubrió que había una veta comercial de calidad y pensó que él estaba en condiciones de poder explotarla con éxito. Y así lo hizo cuando filmó Héroe (2002), una película que contó con el apoyo de Quentin Tarantino y Miramax para su distribución internacional, y que batió todos los récords obtenidos por El tigre y el dragón. La película ostentó en su momento el haber ocupado el puesto número uno en la taquilla norteamericana, algo que ocurría por primera vez en la historia con un film no hablado en inglés. Con ese éxito Yimou decidió discontinuar en parte su carrera como cineasta de films de autor para abocarse a estas superproducciones llenas de lujo visual e impresionante belleza. Así fue que a Héroe le siguió La casa de las dagas voladoras (2004) y ahora La maldición de la flor dorada (2006). Juntas conforman una trilogía que ha hecho del “wuxia pian” un género conocido en todo el mundo, al menos en el formato y el estilo que Yimou le imprime.


Un crisantemo estalla en China

La maldición de la flor dorada es la adaptación de una obra de teatro del siglo XX, aun cuando las acciones han sido trasladadas a la China de siglo X. Interesante punto de partida para una época en donde los directores creen encontrar modernidad al adaptar autores como Shakespeare a los tiempos actuales. Yimou hace exactamente lo contrario, lo que era un texto sobre una familia disfuncional de industriales en la década del 30, aquí es un imperio fastuoso y deslumbrante de las épocas del feudalismo. El emperador Ping (Chow Yun Fat) sospecha que el regreso prematuro de su segundo hijo está relacionado con algo más que una visita y adivina intenciones de traición detrás de la fachada respetuosa de uno de los dos hijos que ha tenido con la emperatriz (Gong Li). El hijo mayor, hijastro de la emperatriz, ha tenido a su vez un romance con ella los últimos tres años, pero éste sueña con poder huir para concretar su amor con la hija del médico imperial. Un tercer hijo, el más joven y obediente, mostrará más tarde motivaciones ocultas para sus más trágicas decisiones. Melodrama en estado puro, perfectamente comparable con Douglas Sirk, Arturo Ripstein, telenovelas, Shakespeare y hasta Akira Kurosawa (adaptando a Shakespeare, por cierto), La maldición de la flor dorada coloca en un imaginario excesivo y apabullante una historia de poder, traiciones y lealtades que son comunes a todas las culturas en todas las épocas. Al mismo tiempo, el envenenamiento sistemático de la emperatriz recuerda la trama de Tuyo es mi corazón (Notorious, 1946), entre otras similitudes con films y géneros de los más variados orígenes. El exceso de vestuarios fastuosos, colores deslumbrantes, extras, efectos de fotografía y un decorado que constituye el más grande creado en toda la historia del cine chino, hacen de la película un espectáculo digno de verse. Tal vez por la falta de preocupación por la belleza que suelen mostrar los films actuales, tal vez porque nadie se quiere tomar el trabajo de hacerlo, lo cierto es que La maldición de la flor dorada consigue en ese aspecto erigirse como una experiencia única, distinta a todo lo que se estrena en las salas locales. Es cierto que tanto énfasis en lo visual muchas veces genera un desbalance al descubrir cuan arquetípicos resultan los personajes. Pero no existe error en Yimou, sino absoluta coherencia. Su film no habla a través de un sistema psicologista de lectura de personajes, sino a través de sus acciones, sus colores y sus movimientos. Desde los momentos más espectaculares de acción a los interiores más barrocos del palacio, la película no puede ser catalogada de incoherente en ningún momento. Las metáforas más bellas y simples, como la del levantamiento sofocado y reemplazado al instante por un sinfín de nuevas flores en sus macetas, es un claro ejemplo de esto. Lejos está Yimou de las búsquedas de Esposas y concubinas o Jo Dou, aunque el poder opresivo sigue siendo un tema importante para él. Tampoco el uso del color posee significados tan inequívocos como en Héroe, ni los colores alcanzan la variedad expresiva de La casa de las dagas voladoras, pero es justamente el aura trágica y oscura del film la que busca el tono y el estilo final de la película. Lo qué si queda clara es la dualidad entre la belleza exterior y el horror interno. El propio Yimou cita un proverbio chino que dice: “Oro y jade en el exterior, podredumbre y decadencia en el interior”. Yimou cierra su trilogía con la más ambiciosa de sus películas y también la más amarga. El trono está a salvo, pero la familia ha llegado a su fin.




 

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