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EL SACRIFICIO DEL CIERVO SAGRADO, de Yorgos Lanthimos

EL ASESINATO DE LA TRAGEDIA | por Santiago García

Un mito griego ubicado en el mundo contemporáneo. Un drama sobre la culpa filmado de forma tan pretenciosa y absurda que podría quedar como una comedia. El sadismo del director impide, de todas formas, risa alguna.



Steven es un eminente cirujano casado con Anna, una respetada oftalmóloga. Viven felices junto a sus dos hijos, Kim y Bob. Cuando Steven entabla amistad con Martin, un chico de dieciséis años huérfano de padre, a quien decide proteger, los acontecimientos dan un giro siniestro. Steven tendrá que escoger entre cometer un impactante sacrificio o arriesgarse a perderlo todo.

Un cirujano exitoso vive con su esposa oftalmóloga y sus dos hijos. Desde el comienzo sabemos que algo no anda del todo bien. Steven protege a un adolescente cuyo padre ha muerto en la sala de operaciones. Pero a medida que le abre la puerta para que entre en su vida, algo siniestro se abre paso y la culpa del médico que lo lleva a querer cuidar del joven no lo liberará del castigo.

El sacrificio del ciervo sagrado alude en su título y en su historia al mito de Ifigenia, a su vez retratado en muchas ocasiones a lo largo de la historia. Se podría decir que la película incluso es más pesimista que el propio mito y las versiones del mismo. Un mito griego llevado a la actualidad puede funcionar perfectamente, muchas obras han logrado atravesar de forma impecable los siglos. Sin embargo acá el director intenta combinar el drama realista con una desenfrenada cadena de alegorías y metáforas que generan un efecto incómodo. La tragedia griega parece muerta cuando cae en manos de un director como este.

No la incomodidad de los momentos perversos y sádicos que pueblan la película, no las situaciones de guión, sino la forma en la que busca el realismo absoluto (y gratuito) con la inverosimilitud sin freno. La arbitrariedad reina en el mundo de este director, que disfruta realizar movimientos de cámara forzados que distraen en la mayoría de las escenas. Travellings que convierten a Stanley Kubrick en Yasujiro Ozu por su esteticismo sin justificación. El uso de grandes angulares en muchas escenas y, por supuesto, alguna cámara en mano para subrayar la obviedad de algunos instantes.

Este tratado sobre la culpa podría funcionar perfectamente sin todo lo mencionado. Pero lamentablemente Yorgos Lanthimos es uno de esos directores que cree que la fórmula del cine “importante” es mayor sadismo = mayor nivel artístico. Así de vulgar es esta película, así de obvia. Una pequeña idea explotada y repetida con escenas molestas y sin variaciones. Muchos momentos de supuesta poesía cinematográfica son un disparate que sin problemas podría hacer reír a carcajadas a un espectador que no haya tenido que pagar la entrada para ver esta película.





 

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