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LA FORMA DEL AGUA, de Guillermo Del Toro

UNO DE NOSOTROS | por Santiago García

Elisa es una joven muda que trabaja como conserje en un laboratorio a comienzos de la década del 60, en plena Guerra Fría. Allí descubrirá a un hombre anfibio llevado para hacer investigaciones y experimentos con él.



Qué una película se manifiesta cinéfila no la convierte en una película mejor, pero a veces sirve para hacer una declaración o enviar una pista acerca de las intenciones. Entre las intenciones y los resultados hay un espacio muy grande, claro está. Pero en el caso de La forma del agua queda muy claro que su realizador Guillermo Del Toro es un enamorado, moralmente hablando, de los monstruos del cine. Como Tod Browning, como James Whale, como Tim Burton, como muchos otros directores de diferentes épocas, Del Toro observa con ternura y piedad a esos marginados de la sociedad que muchas veces aparecen en el cine como victimarios siendo en el fondo las víctimas. Este ejército de freaks (palabra que pasó de ser despectiva y a casi elogiosa a lo largo de las décadas) se une para concretar su misión: proteger a uno de ellos. Proteger, tal vez, a uno de nosotros.

El secreto en las películas como Freaks (1932) El hombre elefante (1980) o El joven manos de tijera (1990) es que nos supieron explicar que el diferente es lo que nos lleva a ver las historias de monstruos y que la deformidad espiritual es la única que realmente produce horror y debe ser temida. Lo mismo ocurre con la historia de Frankenstein y su criatura, desde el libro hasta algunas de sus adaptaciones, pero no todas. Digamos también que el cine de terror también ha tenido genuinos villanos con los que no nos identificábamos. Aunque ya haya pasado casi un siglo, Freaks sigue explicándonos el origen de esos monstruos. Como se preguntó un personaje de Shakespeare hace muchos años: Si nos pinchan ¿no sangramos? Si nos hacen cosquillas ¿no reímos? Si nos envenenan ¿no morimos? Y si nos ofenden ¿no nos vengaremos? Cuando aquella generación que se crío viendo cine de terror comenzó a filmas sus propias películas, cambió por completo la mirada del cine con respecto a estos personajes. Guillermo Del Toro demuestra acá su amor por ese cine y por el cine en general. Muchos elementos de este film ambientado a comienzos de la década del sesenta remiten a como se filmaba y se veía el cine en la década previa. De hechos los protagonistas del film aman el cine anterior a su época. Pero ese pasado perfecto del cine se opone a los prejuicios de la época. Tal vez en el cine todo pasado fue mejor, pero en el presente la aceptación de los diferente es mucho mayor. Está claro que los diferentes, unidos, logran resistir frente a la adversidad. El cine los ayuda a lograrlo, claro está. El cine siempre nos ha ayudado a salir adelante. La pregunta que subyace frente a estas películas es: ¿Hay alguien que no se sienta algo freak, diferente, raro, único, extranjero, incomprendido?

En esta película todos los diferentes se unen contra el villano. Como siempre en Del Toro el villano es realmente terrible. Aquí el malo de la película es tan terrible como lo era el villano de El laberinto del fauno, la película que acercó a Del Toro por primera vez a los premios y el prestigio. ¿Pero qué director amante del cine fantástico espera premios y prestigio? No se hace esta clase de cine por eso. Pero volvamos a los malos. Los malos del film son violentos, misóginos, hombres, heterosexuales, norteamericanos. La suma de todo eso daría, claro, lo que se considera una persona normal en Estados Unidos, de ahí la elección de esas características ¿Será demasiada bajada de línea? Es posible, pero cada película elige su villano y esta vez les toca a los de este grupo. Hay otros personajes malos, machistas y homofóbicos. La escena del empleado del restaurante homofóbico y racista en diez segundos es directamente un desastre. A pesar del estilo demodé de algunos elementos de la trama, esto queda demasiado enfatizado y le hacer perder algo de fuerza. No alcanza con que queramos nuestros héroes, debemos odiar a los otros personajes. ¿Será esta una lectura política de la realidad norteamericana actual? Por experiencia yo digo que eso no le importará a nadie en unos años, aunque si importará si la película arrasa en los Oscars. Si me preguntan, creo que el villano funciona cuando mete miedo, pero es un desastre como está representado el resto del tiempo. La metáfora de su castración (la pérdida de sus dedos) es un extra todavía más coyuntural que el resto. Pero insisto, tal vez el tiempo lo borre como lectura política.

Lo peor que tiene la película es su protagonista, tanto el personaje como la actriz, se pasan de poesía sensiblera y aspecto aniñado y tonto. Aunque por suerte Del Toro le otorga una sexualidad adulta y decisión, la cara y la actitud en muchos momentos de la película recuerdan ese artefacto insufrible llamado Amelie. Visualmente la película también se pierde cuando quiere expresar con la misma poesía que aquel film algunos sentimientos de los personajes. Nada de lo que hace Sally Hawkins es creíble, todo el tiempo parece una caricatura de una mujer tonta. Una pena, porque el film ofrecía mucho más sin este espacio que le quita potencia. Cero emoción produce la actriz, mucho más conmovedora es la historia del científico soviético, por ejemplo.

Del oficio del director no quedan dudas y del esfuerzo en los aspectos técnicos de la película tampoco. La forma del agua es una especia de cuento de hadas realizado de forma impactante. Pero a diferencia de los films que lo inspiraron, se detiene demasiado en subrayar y explicar el bien de los buenos y el mal de los malos, algo que ya se entendía desde el comienzo. Tampoco su lirismo consigue estar a tono con sus momentos más directos y narrativos. El cine fantástico antes no lograba tanto prestigio porque no lo buscaba tampoco. Se filmaban las historias y la lectura política estaba bien oculta detrás del puro lenguaje narrativo. Al dar vuelta este sistema, tal vez se gane el prestigio pero se pierde el cine.





 

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