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ISLA DE PERROS, de Wes Anderson

FESTIVAL DE CANES | por Santiago García

Wes Anderson realiza aquí otra obra maestra que combina su habitual estilo con claras influencias de la cultura y el cine de Japón. La animación cuadra a cuadro brinda un espectáculo de una belleza inusual.



Es un lugar común decir que una película va contra los tiempos que corren. Es una expresión para decir que es una película original o que al menos le ha resultado original para quien está usando la frase. Es arriesgado lanzar tendencias y evaluaciones acerca del cine actual. Sí es cierto que desde siempre el realismo ha sido tomado en serio por muchos y que la crudeza y la crueldad se han convertido en monedas de enorme valor. El arte cinematográfico y más aun hoy el de las series de televisión, suele ser medido a partir de esos parámetros. Un mundo feo, sin esperanzas, sórdido y realista, parece ser la manera en la que los que producen relatos audiovisuales se ganan el título de artistas que no hacen concesiones. Wes Anderson, ahora sí, van en dirección contraria a esta idea. No es el único y seguro hay muchos cineastas que siguen algunos de los rumbos de este director. Pero sí Wes Anderson es uno de los más coherentes, original y osados directores actuales, no solo porque hace un cine sin concesiones, sino porque además no se lo puede encajar ni como cineasta difícil, ni como cineasta fácil. No es clásico, no es del todo moderno, no es infantil pero tampoco es adulto. Isla de perros es la expresión más clara de todo lo dicho hasta ahora.

La película cuenta una historia de ciencia ficción donde en un futuro muy cercano la ciudad ficticia de Megasaki, Japón, ha sufrido una epidemia de gripe canina. El alcalde Kobayashi decidió exiliar a todos los perros a una isla deshabitada que funciona como basurero. Los protagonistas son cinco perros que habitan en esa isla y que reciben la inesperada llegada de Atari, un niño que huye de su hogar y arriba en su avión a la isla, buscando a su perro. El alcalde ordena que vayan a buscar al niño, al mismo tiempo que en la ciudad comienzan a alzarse voces a favor de los perros. La historia es ciencia ficción, también es aventura, tiene mucha comedia e incluso tiene romance. Es un relato de amistad, lealtad, coraje y camaradería. También reflexiona acerca del poder y de los manejos políticos para generar fobias y prejuicios. Pero jamás, en ningún momento, deja de ser la película más adorable del mundo. Ese es el gran mérito de su director, Wes Anderson.

La película tiene varias técnicas de animación, pero los personajes protagónicos, tanto perros como humanos, está animados con la técnica de stop motion, es decir de animación cuadro a cuadro. Wes Anderson ya había hecho un film de estas características, El fantástico Mr. Fox. Pero a diferencia de aquel, Isla de perros abreva en un estilo visual menos clásico, con una fuerte influencia de todo el arte japonés. Tanto en pintura, como en teatro, como en arquitectura y fundamentalmente en cine. Mezclando clásicos como los maestros Akira Kurosawa y Yasujiro Ozu con figuras fundamentales de la animación como Hayao Miyasaki y Katsuhiro Otomo. Y por supuesto sin perder el estilo de composición y montaje propios de Anderson, así como también la dirección de actores, aunque aquí sean muñecos con voces de famosas estrellas. Se ve como una película de Wes Anderson, pero también como una recreación de la cultura visual japonesa.

La banda de sonido posee el mismo concepto, mezclando el gran trabajo de Alexander Desplat con piezas clásicas de películas japonesas, como Los siete samuráis, compuesta por Fumio Hayasaka. También aparecen The Sauter-Finegan Orchestra o The West Coast Pop Art Experimental Band, que se integran de forma increíble a la banda de sonido. Así funciona Anderson y su cine, así se mezclan épocas, estilos, formas y el resultado es igualmente armonioso y bello. En medio de un basural transcurre una de las películas más bellas de los últimos años.

Un poco de melancolía siempre atraviesa el relato a pesar del enorme sentido del humor y la cantidad de gags y chistes de una línea que tiene la película. Su espectacular delicadeza artesanal la convierte es una de esas piezas de arte japonesas que merecen muchas visiones para poder disfrutar de todos y cada uno de sus maravillosos detalles. No es un sentimiento raro extrañar la película al terminar de verla. El mundo de Isla de perros es un mundo muy bello y muy humano, incluso tratándose de una historia protagonizada mayormente por perros. La belleza, la ternura y la alegría de la película no importa si están a favor o en contra de los tiempos que corren, la película en sí misma es una isla con reglas propias y un lugar en el que los espectadores pueden vivir felices para siempre.





 

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