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INVASORES, de Oliver Hirschbiegel

UNA RARA INVASIÓN | por Javier Luzi

Tercera remake del clásico de ciencia ficción La invasión de los usurpadores de cuerpos. Lejos de los méritos de aquel film, e incluso de sus otras dos versiones, esta nueva película carece de aquello que justamente caracteriza a los otros, el tema a tratar: la identidad.



Un accidente aéreo extraño, algunas irregularidades alterando el supuesto orden de las cosas en la tierra. Y de pronto estamos inmersos en una película que combina varios elementos: ciencia ficción, suspenso, acción (con heroína protagónica) y drama familiar, sólo que no en forma acertada, ni en dosis justas, ni con un fluido escalonamiento dramático.

Invasores es un proyecto que ha tenido sus bemoles, y esto, lamentablemente, queda expuesto en el resultado final. Un casting de estrellas demasiado poderoso (Kidman y Craig), que no parece conseguir mucha empatía, una remake de un film de culto y un director europeo (Hirschbiegel) –recién trasladado a Hollywood después del resonante éxito que significó su film anterior La caída–, que tras un testeo de público y disconformidad mediante de los estudios ante el material rodado, debió ceder su lugar y aceptar la intervención de un nuevo director que no aparece acreditado, James McTeigue.

Si de algo hacen gala muchos de los filmes norteamericanos es de la (de) mostración de la paranoia que aqueja a su sociedad, siempre temerosa de un Otro que desde las sombras la acecha. El comunismo, los negros, las minorías sexuales, los practicantes de cualquier otra religión, siempre hay a quien echar mano para juntos (los WASP) abroquelarse en un sueño americano que cada vez se torna más pesadillesco.

La doctora en psicología Carol Bennell (Kidman) ha estado tratando a pacientes que constantemente se quejan de la aparición de extrañas variaciones en las personalidades de sus allegados. Cuando la realidad se le presente incontrastable y las piezas comiencen a encajar en semejante puzzle, –para lo que contará con la colaboración de dos médicos: Ben Driscoll (Craig) y Stephen Galeano (Wright) –, descubrirá que una invasión alienígena se está apoderando de los cuerpos de los humanos. ¿Cómo? ¿Para qué? ¿Con qué motivos? Sólo la primera pregunta parece encontrar una respuesta. Las otras se diluyen tal como lo hace nuestra atención después de los primeros minutos. Los fluidos son la vía de “contagio”. Premisa que la misma película no hace más que repetir constantemente con diversas tomas de tazas de café, pavas hirviendo, cafeteras, líquidos al alcance de la mano; una cámara que se empeña en planos detalles que llegan al summun en las supuestas imágenes celulares donde la sangre comienza a mostrar alteraciones porque la infección resulta tan inteligente que logra reprogramar el ADN. Estos planos podrían leerse como un homenaje a aquellas películas en las cuales los efectos no primaban aún, así también la música utilizada y la dirección actoral en lo que respecta a los extras “convertidos” que se mueven como masas amorfas e indiferentes, o el mismo vestuario que luce la protagonista con esas blusas pegadas al cuerpo al mejor estilo Grace Kelly o Doris Day, claro que en este caso emulando a la Jodie Foster de estos últimos años o a una especie de réplica femenina de su ex, Tom Cruise, en Guerra de los mundos. Pero la posmodernidad se impone a pasos agigantados en cierta estética videoclipera que matiza inserts y adelantos de imágenes que volverán a ser recuperadas tiempo después, ya avanzada la narración, o cortes de montaje que parecen ocasionar errores de continuidad cuando no mutilaciones importantes, y terminan por semejar hachazos sin lógica alguna.

Entre el discurso racional y científico sobre los hombres como especie que utiliza la inteligencia, pero que no logra dominar el instinto animal; en plena evolución humana (que solamente es involución), y bajo el enunciado de la bondad de los extraterrestres que vienen a vaya a saber qué, se desarrolla esta película que, aunque bregue por el enfrentamiento a los cambios, en verdad sostiene muchas casualidades y pocas certezas. Y esto pareciera responder más a faltas y fallas del guión que a decisiones conscientes.

En una sociedad robotizada, narcotizada, dominada por algunos, en apariencia iguales a nosotros, pero que necesitan cooptar por la fuerza a todos, hay una luz de esperanza en la humanidad que no por prometedora suena fundamentada. Sino apenas un apurado cierre para una historia que pretende, y se le nota demasiado, conseguir la atención de un espectador que tampoco creo que sepa como buscar. Y por cierto, ¿no resulta poco entendible que se esfuercen tanto por incorporar a una?, ¿la protagonista es tan importante para que se lancen en su búsqueda escuadrones de conversos?. “No creas en nadie”, “no muestres sentimientos”, “no te duermas” porque sino ellos te atraparán, esos son los slogans a los que se apuesta para poder vencer, mientras se ponen en práctica en la cinta: es difícil sostener la credulidad, los sentimientos espectatoriales son escasos y uno se dormita de a ratos y sin culpa.




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