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BE WITH ME, de Eric Khoo

EL BREVE ESPACIO EN QUE NO ESTÁS | por Daniela Vilaboa

La tercera película de Eric Khoo, el director más talentoso y reconocido de Singapur, Be with me, premiada en diversos festivales internacionales (Tokio, Mar del Plata, Estocolmo, entre otros) y presentada en Cannes 2005, es una bella sinfonía en la que el amor, la soledad y la esperanza como destino inclaudicable, tocan sus finos acordes para ponerle música a tres historias que enlazan la ficción con la realidad de la vida del gran personaje que la inspiró.



Gran parte de las historias románticas que solemos consumir en el cine occidental están signadas por la marca de lo grandilocuente, por los gestos ampulosos, las frases declamatorias, las acciones intempestivas y las respuestas enfáticas. En un universo ficcional tan elocuente, en donde todo se expresa con verdadero ímpetu altisonante, es poco el espacio que resta para el amor, ese sentimiento que no se alimenta de las pasiones desmedidas, sino que nace y crece a la luz de un tiempo inmutable, un tiempo que no se apaga como el fuego.
Lejos de estas inasibles formas de amor que Occidente produce como un producto más de consumo y satisfacción inmediata, el cine oriental, fiel a los orígenes de una cultura de fuerte raigambre zen, ha sabido dar lugar a otro estilo de representación en el que el amor puede hallarse en el detalle, en el gesto mínimo, en el pliegue de un rostro, en el espacio vacío, en la palabra no dicha. Pues muchas veces la austeridad en la expresión y la morosidad en el movimiento son condiciones necesarias para correr el velo de esos sentimientos profundos que se agitan en el interior de las personas.
Una larga tradición de directores asiáticos, aun con las diferencias propias de sus conyunturas de origen, ha logrado a través de esta economía discursiva contar historias llenas de hondura. Eric Khoo, un joven realizador con una carrera muy destacada en la industria cinematográfica de su país, Singapur, y en cuya impronta son reconocibles las cadenciosas miradas de otros cineastas orientales, como el malayo Tsai Ming Liang o el taiwanés Hou Hsiao Hsien, ha tejido los hilos narrativos de tres historias con la forma de un bello tapiz, cuya profundidad no está probablemente dada por la exhuberancia de sus colores ni la desmesura de sus formas, sino por el uso de un lenguaje lacónico y por el tiempo reposado que el director se toma para dar cada puntada.
Be with me (2005), el tercer largometraje de Khoo, es una película que enlaza realidad y ficción a través de tres historias de amor, en las cuales la solidaridad y el dolor se aúnan para dar lugar a la esperanza, la misma esperanza que anida en el centro de los hechos que dieron motivo al guión. Inspirada en la autobiografía de Teresa Chan, una mujer de 61 años, que tuvo el infortunio de quedar ciega y sorda a la temprana edad de 14 años, y a quien el director conoció en la celebración de una boda, Be with me traza su trayectoria alrededor de su vida, un compendio de anécdotas de su tenaz lucha por encontrar dicha y afecto en un mundo hostilmente silencioso y oscuro.
El resto de las historias se agrupan como viñetas alrededor de la vida de Teresa y en todas ellas el amor no siempre sortea airoso las formas que sus personajes encuentran para expresarlo. Así conviven el relato de dos jovencitas que se enamoran a través del chat y los mensajes de textos por celular; el de un solitario muchacho enamorado en secreto de una ejecutiva que trabaja en el edificio de oficinas donde él oficia de guardia de seguridad; y el de un anciano, dueño de un almacén que llora la ausencia de su esposa velando el fantasma de su presencia, y que sólo encuentra consuelo para su espíritu cuando empieza a volverse útil e imprescindible para Teresa.
Si bien en Be with me todos los personajes atraviesan momentos en los que sus sentimientos están expuestos a la tiranía del dolor expresado a través de celos, abandono o simple indiferencia, la posibilidad de curación que sus corazones experimentan está en gran medida vinculada a la capacidad que cada uno halla en el camino para su expresión. Así es como algunos de ellos buscan hacer del lenguaje el vehículo de comunicación; sin embargo, quien logra transponer de verdad esa frontera con el Otro y acortar la distancia es –paradójicamente– quien más dificultades tiene para hablar, ver y oír, y quien debe –por ende– construir formas alternativas para vincularse afectivamente.
El gran mérito de la película estriba entonces en mantener la distancia justa en la expresividad y no dejarla caer en falsos sentimentalismos a los que el tema fácilmente podría recurrir. En gran medida contribuye a ello la sagaz personalidad de su musa, Teresa y la respetuosa mirada de un director que posee la virtud para saber cómo introducir su cámara en el vacío cotidiano, en ese breve espacio en que el otro no está, y abrir así la posibilidad de que la luz nazca de la noche y de que algo de sonido surja del implacable silencio.




 

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