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EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS, de John Boyne

LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE | por Daniela Vilaboa

Con más de seis ediciones en español, una treintena de otros idiomas a los que espera ser traducida, y un contrato con Miramax para ser llevada al cine, la última novela del irlandés John Boyne se erige como un interesante relato alegórico de uno de los momentos más atroces de la historia de la humanidad.



“Nada de prosa del espanto, nada de crepúsculo de los dioses recalentado. Lo vi todo, pero no escribí nada sobre ello”. Mi siglo. Gunter Grass

Hay acontecimientos que funcionan como puntos de inflexión en la vida de las personas, pues se insertan en el vasto terreno de la memoria con el mismo embate con el que una cuña se clava en el mármol liso de una roca y agrieta su superficie. Así es como a veces un ínfimo contacto entre Uno y “el afuera” puede torcer para siempre la dirección de un espíritu que permanecía sosegado. Ahora bien, la dimensión o la relevancia de ese quiebre está –en gran medida– en directa relación no sólo con el peso específico del acontecimiento que irrumpe, sino también con el mayor o menor grado de desconocimiento respecto del mismo con el que se haya vivido hasta ese momento. Sin embargo, aún cuando algo de su mesura haya podido preverse o quizás intuirse, la textura de la realidad palpada de cerca resulta siempre una verdad irrefutable.
“Llegamos vírgenes a todos los acontecimientos de la vida”, decía la belga Marguerite Yourcenar, aunque hay –por cierto– algunas virginidades que duelen más que otras cuando se pierden, pues son como cruzar el cerco de una frontera, cuya intimidante estructura no permite augurar grandes destellos de felicidad más allá del horizonte.
Algo de esa inocencia vulnerada intenta recuperar la quinta novela del joven escritor irlandés John Boyne, El niño con el pijama de rayas, que ya lleva seis ediciones en España y que permaneció primera en ventas durante 35 semanas en su país de origen. Y lo hace a partir de la historia de un niño de nueve años, Bruno, quien, entre la impavidez y la inquietud, se vuelve testigo –y parte– del derrumbe irrevocable de su tranquilidad cotidiana. La novela es el despliegue en el tiempo de esa trayectoria, de ese pasaje que se opera en Bruno a partir de una intempestiva mudanza que lo obliga, junto a su familia, a cambiar de ciudad. Una migración que comienza, con el correr de los días, a producir modificaciones tanto dentro del mundo familiar y rutinario del pequeño, como dentro de su universo simbólico, y a las que el niño deberá hacerle frente solo. La presencia de un extraño cerco junto al fondo de su nueva casa se convierte en el disparador de una miríada de preguntas, cuya respuesta final sólo puede hallarla en un punto de no retorno. Bruno percibe que existe otra vida más allá de esa frontera, una vida que lo inquieta, que lo perturba y que lo llama, pero no termina de decodificar con claridad las señales que desde allí le llegan. En gran medida por su corta edad, en parte porque vive bajo el peso de una figura paterna retórica y represiva, que se ocupa de tergiversarle el mundo que lo circunda, y asimismo porque algo de sí aun se resiste a saberlo. Estos sentimientos encontrados libran una batalla en su interior, en la que finalmente uno de ellos termina por vencer al resto, a instancias de la amistad que de pronto surge entre Bruno y un niño que habita del otro lado de la verja, y que los enfrenta a ambos a un vínculo especular que será determinante para resolución del conflicto.
Esto que en principio parece la trama de un relato simple, con elementos fantásticos, tal vez, o propios de la literatura juvenil, pronto deja traslucir un registro más alegórico que realista, aun cuando da cuenta en su trasfondo histórico de una realidad apodíctica. La novela se mueve lingüísticamente con un tono llano, alejado de cualquier esbozo de manierismo, pues aspira a reproducir algo de esa mirada ingenua que aqueja a un niño de nueve años al enfrentarlo a la cara más inquietante y ominosa del mundo que habita, a su sino trágico. Pero esta nota no va a dar cuenta de ello, así como tampoco lo hace el editor desde la contratapa del libro, en un claro gesto de respeto hacia las decisiones estilísticas que el autor acertó a tomar al momento de la escritura, en pos de una mejor articulación entre la forma y el fondo de la cuestión. Pues, en definitiva, lo que El niño con el pijama de rayas intenta no es hundirnos a los lectores en la negrura de las grietas del mármol resquebrajado, sino mostrarnos el instante previo al golpe de la cuña y la imposibilidad de que frente a tamaño azote el mundo decida mirar para otro lado.


EL NIÑO CON EL PIJAMA DE RAYAS
John Boyne
Editorial Salamandra
España, 2007




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