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EL ENIGMA DE PARIS, de Pablo De Santis

EL PROBLEMA FINAL | por Santiago García

El enigma de Paris es una novela extraordinaria, un trabajo preciso y ejemplar, la clara muestra de que un género es capaz de brillar si alguien pone su saber y talento para hacerle dar un giro sin perder por ello su esencia. Que haya sido galardonada con el Premio Planeta es la confirmación de que estos méritos aún pueden ser reconocidos dentro del ámbito literario. Finalmente, que se haya convertido en un best seller es posiblemente la mejor noticia que podemos recibir quienes creemos que esta clase de libros pueden ser tanto un notable entretenimiento como una obra de arte trascendente.



Cómo hacer de detectives

El protagonista de El enigma de Paris, Sigmundo Salvatrio, es un joven argentino, a quien un famoso detective local envía –en su representación– a la exposición mundial de Paris de 1889, en donde se reúnen todos los integrantes del reconocido grupo Los doce detectives, una organización que nuclea a los más notables exponentes de la profesión. Cómo todo aprendiz novato, Sigmundo comienza a descubrir –y los lectores con él– un universo que se revela muy diferente a lo que él imaginaba, aun cuando el comienzo del viaje en sí mismo es una misión plagada de desencanto. Hacia el final del libro, en medio de su investigación, el personaje cuenta: “Cuando llegué al teatro los últimos espectadores abandonaban la sala. En las funciones de ópera o en cualquier obra teatral, sea ligera o profunda, se observa siempre el mismo fenómeno: los primeros espectadores dejan la sala entre charlas y risas, y están apurados por abandonar el mundo de la ficción y reencontrarse con el mundo verdadero, con el que se sienten en armonía. Los últimos, en cambio, necesitan ser expulsados por los acomodadores o las luces de la sala o el silencio que sucede a los aplausos; si fuera por ellos, se quedarían a vivir en el mundo imaginario que les propone la función. Así salían lo últimos espectadores, mudos, atribulados por abandonar una isla gobernada por La Sirena. No sabían cuál era su lugar allá afuera; en la vida real las butacas se venden sin numerar.” Este párrafo, que para el lector podría pasar desapercibido en medio de una historia tan atrapante, es una buena pista de una de las tantas claves de la novela, así como de su eficacia y profundidad. Si bien es poco probable encontrar en la literatura actual muchos ejemplos de novelas detectivescas que cumplan con la tradición sin bastardearla, aún más difícil es hallar una que trabaje niveles que vayan más allá de lo narrativo, y que lo sostengan a lo largo de todos sus capítulos. El párrafo citado vale como ejemplo de esa maestría y sutileza. Detrás de la más pura y entretenida iconografía de la novela detectivesca decimonónica –y tal como ocurría en aquélla–- El enigma de Paris posee mucho más para ofrecer.


La era de la razón

El enigma de Paris respira el aire de una larga tradición del relato policial. Asume como a uno de sus padres al trágico Edipo (mencionado incluso en la novela) y cita –con mayor o menor grado de explicitud– a distintos exponentes del género. Nadie podría escribir hoy una novela policial sin pensar en Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe e iniciador oficial del relato de detectives. Ni el propio Arthur Conan Doyle lo ignoró en su momento cuando le dio vida a Sherlock Holmes y a su asistente, el Dr. Watson. El Sargento Cuff, de La piedra lunar, de Wilkie Collins, o el Padre Brown creado por Chesterton no hacen más que sumar nombres a un sinfín de historias que construyeron la historia del género. Resulta tentador ponerse a rastrear citas a diversos cuentos y novelas ocultas entre las páginas de El enigma de Paris, pero sería tan gracioso como inútil descubrir la cantidad de pistas falsas que también la habitan, por lo que en definitiva basta decir que toda su prosa está impregnada por los aromas de los mejores relatos policiales de todos los tiempos. Asimismo cabe aclarar que se trata de un libro autoconsciente que, como toda obra posterior al esplendor de un género, conversa con su historia y aplica sus reglas, tanto para respetarlas como darles algunos giros inesperados. Es lógico entonces pensar que no es el género lo que está agotado, sino la capacidad de muchos autores contemporáneos para hacer a un lado cierta soberbia auto-referencial que les impide despegar de sí mismos y animarse a contar una historia cautivante.
Y esto es exactamente lo que logra Pablo De Santis, alejarse de esa maraña de egocentrismo y mediocridad tan propia de algunos escritores jóvenes. Aun así el autor no cae en las trampas torpes y demagógicas de los falsos resucitadores del género. Pablo De Santis posee un talento notable y esta novela no hace más que confirmarlo, tanto por la transparencia de su narrativa como por los distintos niveles de lectura que es capaz de generar, así como también por los muchos pequeños relatos que cohabitan en la trama a modo de homenaje al género.
Decíamos que detrás de la historia –aunque no muy escondidos– se encuentran otros elementos claves. Si la mayoría de estos detectives vieron en la razón y la lógica su arma más poderosa, no resulta extraño entonces que la reunión de Los doce detectives, una especie de Liga Extraordinaria, ocurra en el Paris de 1889, un lugar en donde el Iluminismo y el Racionalismo parecían enfrentarse a una realidad muy distinta a la que pregonaban. Al relato policial le sucede lo mismo, y tanto el detective Craig como su colega Arzaky descubren qué la razón no lo explica todo y que la lógica nada puede hacer frente al corazón y la mente del ser humano. El joven Sigmundo Salvatrio (un nombre por demás rico para analizar y hacer interpretaciones que la novela no desmiente) es el testigo perfecto para asistir al final de una era y a la desaparición de un paradigma, al mismo tiempo que se produce su ingreso en el mundo adulto al dejar atrás sus sueños de infancia, aun cuando por otro lado parezca abrazarlos, aunque desde otro lugar.


El fin del género

En el cine hay películas (la cita al teatro y a la ópera remiten también a ese arte aun desconocido en aquellos años) a las que se las define como crepusculares, en clara referencia a que dan cuenta del fin de algo, ya sea de la vida, de una era, o de un género y de la cosmovisión que ese género conlleva. Los westerns crepusculares son el ejemplo más corriente. Casualidad o no, El enigma de Paris tiene algo en común con dichos films. Así como en El hombre que mató a Liberty Balance –el western crepuscular por excelencia– asistimos al final de una era en todo sentido, pues allí una verdad revelada cambia el significado de todo un imaginario; en El enigma de Paris asistimos al final de los detectives y de sus mundos racionales, lo que supone también el final del género. Esos relatos que nos hacían desear poder quedarnos un rato más en ese mundo explicable, pues fuera de sus páginas no teníamos la certeza de cómo actuar y las razones y la lógica no se aplicaban. La novela parece, por la forma en que se resuelven (o no) los casos, el anuncio de que al mundo real comienza a corresponderle una clase de relato más violento, más oscuro, menos lógico y menos mensurable. Pero como todo buen exponente de un género (por más crepuscular que éste sea), al final, entre la nostalgia y la decepción, una luz asoma y nos hace recuperar la credibilidad. La propia existencia del relato crepuscular da cuenta de la supervivencia del género, al menos mientras dura el relato. Es por ello que al finalizar El enigma de Paris, deseamos fervientemente quedarnos un rato más con Craig, con Arzaky, con Greta y con Paloma, y pensamos que si acaso todo está perdido, al menos ha nacido un héroe, hijo de un zapatero, un romántico incurable que ha decidido tomar la posta de un oficio y la mirada de otra época. Al anacrónico Sigmundo y a sus futuras aventuras, le deseamos una larga vida, ya que mientras existan personajes cómo él, siempre habrá esperanzas para los que queremos quedarnos a vivir un rato más en ese universo imaginario, aún cuando ya hace rato que ha finalizado la función.


EL ENIGMA DE PARIS
Pablo De Santis
Editorial Planeta
Buenos Aires, 2007




 

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