Emilia Pérez (Francia, 2024) es una película dirigida por Jacques Audiard que viene arrasando en la temporada de premios y cosechando galardones por todo el mundo, incluyendo tres premios en el Festival de Cannes. Se trata de un film noir con elementos de melodrama que pertenece también al género musical. Es una de las películas más espantosas de todas las que han dado vueltas en este último año y su espanto en realidad se vuelve más molesto cuando se la trata como una obra maestra, cuando es tan sólo un pastiche de recursos usados muchas veces y mejor, por verdaderas grandes películas de la historia. Sin premios, la película podría pasar perfectamente desapercibida, como ocurre con cientos de films fallidos todos los años. Emilia Pérez es un bochorno que avergüenza no sólo al cine contemporáneo, sino a todos los que enloquecen con este accidentalmente gracioso largometraje que parece mentira que sea tomado en serio.
Rita Mora Castro (Zoe Saldaña, afeada con ahínco por el director) es una joven abogada que sufre por su trabajo y su ayuda a un abogado mediocre que salva de la cárcel a un cliente claramente culpable. Decepcionada, Rita recibe un misterioso mensaje de un cliente nuevo que ofrece muchísimo dinero para realizar una misión secreta. El cliente es el capo del cartel de drogas Juan “Manitas” Del Monte y le pide a Rita que lo ayude con la tarea de facilitarle el proceso de cambio de sexo, algo que deberá hacerse sin que nadie lo sepa, por además de ser un deseo que siempre tuvo, le permitirá empezar una nueva vida, dejando atrás sus épocas criminales. Cambiar de sexo, sostiene la película, te hace mejor persona. El proceso que describe Emilia Pérez es tan desopilante como parece. Una tontería que no cierra por ningún lado, pero hay que admitir que tampoco entretiene ni invita a ningún tipo de reflexión. Un trabajo de género en todo sentido que brilla por su falta de encanto.
Los tiempos que corren parecen obligarnos a todos a discutir cualquier película desde el punto de vista político. Con el concepto de que todo es político, el análisis de cualquier cosa se vuelve un debate que muchas veces no se relaciona realmente sobre el objeto que se tiene delante. Emilia Pérez cae fácilmente en esa categoría, porque tiene muchas cosas que hoy están en discusión, pero mucho antes de llegar a eso tiene una historia y una forma de contarla. El guión es un film noir puro, donde el protagonista decide alejarse de su pasado criminal y empezar una nueva vida. Lo que hemos visto en innumerables largometrajes empezando por, para dar un ejemplo, Retorno al pasado (Out of the Past, 1947) de Jacques Tourneur. Esa estructura siempre es interesante y a partir de ahí se puede armar una buena historia. En lugar de operarse el rostro, como hace Humphrey Bogart en La senda tenebrosa (Dark Passage, 1947) de Delmer Daves, acá el protagonista se cambia de sexo o, como se dice de forma políticamente correcta, se realiza una operación de reafirmación de sexo. Lo hace para huir de su pasado, pero también por un largamente postergado deseo de realizarse dicha operación.
Lo que realmente vuelve intolerable a Emilia Pérez es que sea un musical abyecto con canciones particularmente carentes de gracia. Desde el papelón de Carlos Saura con ese bodrio llamado Tango (1998) que no se veía tan mal gusto para ponerle música a cosas espantosas. Pero más allá del comienzo, cada número musical tiene peor coreografía que el anterior y las letras de las canciones parecen escritas por un preadolescente qué cree hacer algo fuera de las reglas por primera vez, como si le estuviera cambiando la letra a La marcha de San Lorenzo para provocar en un acto escolar. Los musicales sórdidos o basados en temas nuevos o polémicos llevan ya muchas décadas de existencia, pero comparen las canciones de Hair (1979) de Milos Forman con las pavadas que se cantan acá y verán como el director llega tarde a todas las transgresiones. Pero los vientos que soplan (o soplaban) permiten que este tipo de largometrajes funcionen, protegiéndolos de forma paternalista para que ganen los premios y nadie los cuestione. El elenco está todo mal, pero mal con ganas. La protagonista, Karla Sofía Gascón, recibe premios por todo el mundo por que es una mujer trans y nadie parece capaz de admitirlo. Si fuera una actriz no trans (qué absurdo tener que aclarar esto) quien interpretara el papel, no la nominarían ni a mejor compañero de su clase. Obsesionados con la idea de hacer historia, creen que premiar a una persona trans es una avance para la sociedad en su conjunto. Premiar por el talento ya no tiene valor alguno en el cine actual. Menuda ayuda para cualquier persona es que la premian por los motivos equivocados. Pero si se piensa todo en términos políticos y no artísticos, esta película cumple bastante bien con el contexto actual, incluso con las polémicas que despertó. La locura actual tal vez la convierte en el siguiente enemigo. Todo cambia muy rápido pero hay algo que se mantiene y es que una buena película es una buena película, más allá del género y del género, y Emilia Pérez no lo es.