LA PIEL DURA
Vivimos en una sociedad y en una época en donde se valoran algunos sentidos por encima de otros. Así, parecería que importan más las posibilidades de ver, oír y saborear, por sobre las de oler o palpar. La gran mayoría de los objetos de consumo se fabrican bajo el inapelable reinado de esta tríada. La tecnología aplicada a los sentidos procura satisfacer -mayormente- el estímulo de la visión; las imágenes han cobrado una importancia extrema como transmisoras de sensaciones, así como también lo ha hecho el sonido. Supongo que la idea rectora y subyacente consiste en considerar que quizás la vista, el oído y el gusto son deudores de un estadío más avanzado de la escala zoológica. Sin embargo, y a pesar de su cualidad arcaica, no deberíamos menospreciar el olfato y el tacto, pues gran parte de nuestra conformación como seres sensibles es deudora de lo que éstos ponen en juego al momento de nuestra aparición en el mundo
Leí El perfume, de Patrick Süskind hace casi veinte años y durante todo este tiempo guardé en mi memoria el recuerdo de las sensaciones que tal experiencia me imprimió en el cuerpo. Me impresionaron las finas descripciones de un universo cuya profusión de aromas teñía cada uno de los hechos que narraba. Algo extrañamente singular dentro del mundo de los relatos escritos, los cuales acostumbran, en general, a poner el acento en el retrato de las pasiones interiores, en la concatenación de las acciones, en la psicología de los personajes y en un sinfín de otras ideas, todas esquivas de transmitir funciones tan básicas y primitivas como el tacto o el olfato.
El efecto hipnótico que produce su lectura es tal que uno se pierde entre los matices de los efluvios y se deja conducir por la trama casi sin advertirlo. Sin embargo, esta permeabilidad a los sentidos que transmite el libro no es lograda por la película, Perfume, historia de un asesino. Aunque a favor de ésta, debo decir, que quizás eso sea irrelevante, ya que allí donde falla en materia de lo puramente sensible, se eleva en el plano de la razón, pues abre el camino para que los espectadores podamos escabullirnos por entre las grietas de la trama y descubrir no sólo lo que el libro nos dice en forma explícita: que Jean Baptiste Grenouille posee una gran capacidad para discernir los olores, sino también aquello que -sólo a través de una visión diferente- sugiere: que el joven está prácticamente incapacitado de otro sentido. No en vano, el título de la película amplía el espectro de lo que únicamente remite al olfato (el perfume), pues connota algo más en su enunciado: la historia de un asesino.
Es bien sabido que cuando una persona carece del uso de alguno de los cinco sentidos, intensifica, de manera instintiva, el desarrollo de otros. De esa forma, alguien que no posee visión puede leer en Braille gracias a la sensibilidad de su tacto.
¿En dónde está, pues, la carencia de Jean Baptiste? O mejor dicho ¿su excelente olfato es consecuencia de la falta de qué?
No creo que sea necesario saber mucho sobre psicoanálisis para poder hablar del erotismo primario, de ese que se conjuga entre una madre y su hijo al momento de nacer éste. Erotismo que está constituido por el cuidado más básico que la función materna ejerce sobre ese ser cuya psiquis está en proceso de formación, las caricias, el arrullo, el amamantamiento, el abrigo corporal, todo contacto que genere el primer sostén sobre el que va a apoyarse esa persona, aún antes que sobre sus propios pies. Cuando la madre no está y nadie ocupa su función (de función materna se trata y no de madre), una carencia comienza a hacerse presente en ese mecanismo que busca ponerse en funcionamiento. Algo está faltando y, en consecuencia, algo debe desarrollarse un poco más como instinto de supervivencia.
Perfume, historia de un asesino comienza con el nacimiento de Jean Baptiste y el inmediato abandono de su madre, quien lo deja librado a su suerte entre los desperdicios del puesto de un mercado, sin haberlo tenido ni un instante en sus brazos. El desarrollo desmesurado del sentido del olfato es lo que lo va sostener a falta de una piel protectora que le advierta de los peligros que lo circundan, a falta de alguien que pueda brindarle afecto. Pero entonces, ¿cuál es el motivo por el que Jean Baptiste, al volverse adulto, mata a esas mujeres? El libro parece decir que el móvil responde a su deseo por extraer los aromas de los cuerpos de bellas y vírgenes doncellas que le permitan fabricar un perfume perfecto que luego le sirva para echárselo sobre su piel y así adquirir -por fin- un olor propio; ya que si bien el joven goza de un gran olfato, su cuerpo -en cambio- no huele a nada. Pero la película nos muestra algo más, aunque quizás sólo sea como resultado obligado de su imposibilidad por poner en imágenes algo que las palabras sí hacen: los aromas.
Ese erotismo primario, que no tuvo la posibilidad de desplegarse en su niñez, no va a poder convertirse en erotismo adulto cuando, más tarde, el deseo sexual haga su aparición en el joven. Es que Jean Baptiste no conoce de pieles sino de aromas. Su cuerpo se enciende con el olor de las mujeres, pero no las puede “desflorar”, el erotismo le resulta ajeno. Y que su cuerpo no huela a nada no es más que la metáfora de que no ha sido erotizado. De ahí su impotencia. Pero ¿por qué esto se puede ver más claramente en la película y no en el libro? Pues, simplemente porque el cine -por su propio dispositivo- no puede transmitir en toda su dimensión aquello que todo el tiempo la película se empeña en hacer, el sentido del olfato. Y esto que a simple vista cualquier crítico o espectador podría pensar que es un defecto (del cine, del director o de esta película en particular) que invalida el film, opera, sin embargo, a favor de otras cuestiones que, en definitiva, son las que lo vuelven atrapante, aunque de una manera distinta al libro. El mismo proceso que se da con las discapacidades de los sentidos es, justamente, lo que ocurre en la operación de transposición entre el libro y la película, el restablecimiento de un equilibrio que ha sido quebrado.
Es así, entonces, que ambas propuestas se diferencian sin oponerse necesariamente. Ya que del libro nos queda la impresión de esa capacidad infinita que poseen las palabras para transmitir sensaciones; de la película, una experiencia distinta, la cual, desprovista de esa presión inicial por adentrarse en el universo de los aromas, se expande sin límites por los complejos andamiajes de la psiquis de un personaje incapaz de convertir el perfume del deseo en amor cuando éste toca su puerta.