Lo mejor que se puede decir de Wicked (Wicked: Part One, Estados Unidos, 2024) es que no es Emilia Pérez. Claro que la comparación se basa exclusivamente en que ambos musicales han sido nominados al Oscar a mejor película en el mismo año de los premios. Si no compartieran esa categoría no habría forma de jugar a las comparaciones. Wicked es un mal musical profesional y a continuación lo vamos a analizar como tal, pero Emilia Pérez es un objeto infecto y demagógico al que un viento a favor elevó por encima de sus posibilidades reales. Retomando el concepto: todo lo malo que se puede decir de Wicked no incluye el dudar de la calidad vocal de sus protagonistas ni de su pertenencia justa y merecida al género que dice pertenecer.
Los creadores originales de Wicked es posible que fueran enamorados de El mago de Oz, tal vez la novela de L. Frank Baum, pero sobre todo del musical de la Metro Goldwyn Mayer firmado por Victor Fleming y protagonizado por Judy Garland. Así que puede sonar fuerte decir que el ver la película Wicked es presenciar la destrucción de dicho clásico, una especie de intromisión forzada para agrandar el culto a una obra que termina por destruirla. Seguro que parte del amor, pero al ver la película da la sensación de que su intención era romper el film clásico, convertirlo en lo contrario a lo que era. Es importante recordar que cualquier análisis que se haga de las más de dos horas y media de Wicked es incompleto, ya que se trata sólo de la primera parte. Aunque parezca mentira no les alcanzó para contar todo en menos de tres horas. Un misterio del cine actual, donde cualquier película, no solo los films épicos, duran cualquier cosa.
Wicked llega en el 2024 a completar la línea sucesoria iniciada por el primer libro de L. Frank Baum, publicado en el año 1900. Trece libros más, acompañados por ilustraciones, le siguieron al primero. Luego de la muerte del autor hubo varios pastiches que siguieron dando vueltas por el Mundo de Oz y en 1995 el autor Gregory Maguire inició una saga de cuatro libros cuyo primer título fue Wicked: memorias de una bruja mala. Con su revisionismo y sus ingredientes de compromiso social y militancia, Maguire fue el primero en convertir estas historias en material cercano al público adulto y ya no infantil, más allá de que su máximo interés esté en ese público. Metáforas acerca de la aceptación de las personas gay y los derechos de los animales formaron parte de su concepción de la historia. La adaptación cómo musical de Broadway fue un paso más en esta larga historia y es justamente ese el éxito que llevó finalmente a que se haga esta bochornosamente larga película. Una vez más: cualquiera que ame El mago de Oz (1939) ya tiene todo lo necesario en esta película de culto. Otras versiones, anteriores y posteriores a este clásico, no aportaron nada en particular, aunque la del año 1978, con Diana Ross y Michael Jackson, tiene sus seguidores. El encargado de esta nueva película es John M. Chu, una garantía de mal gusto y poco criterio estético. Chu no defrauda, los ojos de cualquier persona se ven seriamente afectados frente a esta estética que convertiría a un desfile de drag queens en una película de Robert Bresson.
La protagonista de la historia es Elphaba (Cynthia Erivo) es una joven incomprendida por su inusual color verde de piel que aún no ha descubierto su verdadero poder. Recuerden: los actores negros se pueden pintar la cara, porque ahí si aceptan las reglas del arte y la representación. Como estudiante en la Universidad de Shiz conocerá a Glinda (Ariana Grande) una popular joven marcada por sus privilegios y su ambición que aún no ha descubierto su verdadera pasión. Ambas se acercarán y se alejarán a medida que las circunstancias las lleven en la dirección del bien o del mal. Pero claro, Todos sabemos que la bruja malvada de la película era verde, por lo que sólo nos resta esperar a que nos expliquen porque los malos en realidad eran buenos y porque los buenos en realidad no lo son tanto. Esperen sentados, porque esta es sólo la mitad de la historia. Me pregunto si para el estreno de la segunda parte podremos recordar lo que pasa en la primera.
Pero, nobleza obliga, la película, en su confusión barroca, no juega exclusivamente al perezoso y peligroso juego de justificar a los villanos, ni tampoco al de la corrección política. Todo eso está, pero también es posible que haya metáforas contra el antisemitismo, el anticomunismo, y las discriminaciones por piel, raza, condición social y también especie. A pesar de su costado adulto, todo se ve muy infantil, como musical televisivo de Disney. El famoso Mago de Oz, que siempre fue un chanta, lo interpreta aquí Jeff Goldblum, a quien respetamos. También está, pero muy fuera de papel, la ganadora del Oscar Michelle Yeoh, a quién queremos, pero que no es tan gran actriz como le han hecho creer. Nos han quitado a los enanos, porque el autoritario actor Peter Dinklage dice que los enanos no pueden hacer los típicos papeles de enano. Bueno, aquí él le pone la voz a una cabra, mientras sus colegas deben vivir de otra cosa. Pero en la mesa de las cosas favorables, las dos excéntricas protagonistas son verdaderas cantantes y las canciones no parecen un rapeo escrito quince minutos antes de hacer la toma. Sus voces son reales y saben cantar. Hasta hace poco no alcanzaba sólo con eso para que todos se arrodillen frente a un musical mediocre, pero a la luz de otras pseudo musicales que dan vuelta, resulta motivo de festejo. Esta precuela de El mago de Oz ha sido un éxito de público y crítica y lo más probable es que a su secuela le sigan un par de películas más. Ya no estamos en Hollywood, Toto, esto es otra cosa.